Por Camila Bettanin y Matías Senderey. Fotografía Lucía Greco

Comenzó escribiendo, allá por los 10 años de edad, su camino como titiritera la llevó hacia la actuación. Con más de 50 obras teatrales,46 producciones televisivas y 32 películas en el lomo, desde una butaca, del otro lado de la pantalla chica y grande o con algún que otro tango Cristina Banegas sigue brillando y conmoviéndonos.

Cristina nos recibe en su casa. Barroca, de puertas abiertas, ventanales que continúan el adentro con el afuera. Una colosal biblioteca desbocada de libros, películas, fotos que enmarcan y despuntan la conversación.
   La poesía intenta decir lo que no puede nombrarse, Juan Gelman ha escrito y Cristina Banegas gritó / estrellas pequeños chasquidos y grandes / estruendos a punta de ballonetas / en la puerta del infierno, / burló la simetría de las cucarachas del orden / les cantó poesía ante sus caras / incrédulas de tragar / palabra por palabra / lo innombrable.

─A 40 años del golpe cívico-militar, ¿qué implicancias y desafíos como país usted cree que tenemos para con el futuro?

Me parece un momento delicado en relación a todo lo que tiene que ver con el tema de Derechos Humanos, Memoria, Verdad y Justicia. El nuevo gobierno ha dado algunos signos verdaderamente preocupantes, como las declaraciones de Darío Lopérfido. Existe una preocupación general, en diferentes áreas, de la ciudadanía argentina que ha estado de alguna manera comprometida, involucrada, o simplemente que ha sido una persona que ha estado a favor de la política de derechos humanos como política de estado, ¿no? Espero que esto no signifique un retroceso, en lo que ha sido en estos últimos doce años la implementación, los juicios a los represores, los juicios a los civiles cómplices de los represores militares. Creo que todavía hay mucho por hacer en relación a todo lo que ocurrió en los años de la dictadura militar, de modo que me parece fundamental que estemos muy atentos a cada movimiento que haga este gobierno, en relación a cómo se pueda amenazar algunos de los aspectos de todas las políticas vinculadas con los organismos de derechos humanos y con los temas que se están trabajando, de los juicios y demás, la verdad es que estoy preocupada, estoy muy preocupada.

─Desde su propia experiencia, en cuanto a su profesión, ¿Cómo hacia usted para vivir durante la última dictadura y cómo fue su trabajo en ese momento?

Varios años durante la dictadura no viví en la Argentina, viví en Madrid, en España, pero el tiempo que viví aquí, tuve varios episodios complicados, me echaron de un programa, en Canal 13, estaba prohibida. O sea, había algunos artistas, y ése era mi caso, que estábamos prohibidos en algunos lugares y en otros no, había listas grises, no sólo había listas negras, de modo que tuve destinos inciertos, digamos, dónde sí podía trabajar, dónde no, y como siempre estuve muy vinculada al teatro independiente, y eso significa autogestión, significa resistencia, resistencia cultural digamos, creo que en ese sentido estuve activa igual. Además de todo lo que hice en relación a la gente, gente amiga, que ayudé, que le di asilo en mi casa cuando estaba clandestina hasta que pudo salir del país, cómo le escribía a mi amiga, queridísima, que estaba en la cárcel, como su hermana. Así que bueno, toda clase de situaciones más o menos peligrosas, más o menos inquietantes, más o menos aterradoras, y después sí, me fui, me fui a España, estuve varios años en España, y volví poco antes de que empezara la democracia.

─Cuando usted se va, lo hace ¿bajo qué contexto?

En realidad, me voy en el momento de lo que fue la contraofensiva. Fue un momento muy grave, fue un rebrote de violencia, de asesinatos y de desapariciones, en el año 79. En realidad yo me fui por un problema familiar, mi padre vivía en Madrid, yo tengo familia allí desde hace muchos años, y estaba muy enfermo, entonces me fui a ver a mi padre y me quedé viviendo allí casi 4 años. De alguna manera, además, pude encontrar trabajo, daba clases de teatro para niños y adolescentes, las daba en un estudio de teatro que era de quien había sido una de las compañeras de Paco, Zulema Katz, actriz y docente, y con eso podía subsistir, muy humildemente, alquilar una guardilla muy linda, al lado de la plaza de Santa Ana, y allí estuve, muy en contacto con la gente que estaba en el exilio en ese momento, sobre todo en Madrid, donde yo vivía.

─Hubo un acontecimiento en el cual usted recita poemas en la puerta de la ESMA, con los marinos apuntándole, poemas de Gelman, ¿qué nos puede contar de ese día?

Y eso fue un operativo de muy poco tiempo, o sea,  éramos unas cien personas, las madres, algunas personas como Augusto Conte que era diputado demócrata cristiano, y tenía un hijo desaparecido, y algunas personas, no me acuerdo si estaba Perez Esquivel o no, y nos juntamos en las calles aledañas a Libertador y el objetivo era parar un carril de la avenida, volantear, hacer unas pintadas en la vereda de la ESMA y decir unos poemas. Yo me acuerdo que estábamos, digamos, aquí estaba la valla que separa la calle de los jardines de la ESMA, y había del otro lado, a un metro y medio de nosotros, cada metro más o menos, un marino apuntándonos. Era una situación inquietante, y yo a los gritos, porque obviamente no teníamos amplificación, no teníamos ningún tipo de producción, ¿no? un 24 de marzo, por supuesto. Pero bueno, todavía en dictadura, así que lo hicimos y nos escapamos como pudimos, corrimos como pudimos antes de que dispararan, pero creo recordar que leí unos poemas que le escribió Juan a su hijo asesinado, Marcelo Gelman.

─En muchas ocasiones ha mencionado la casa de Paco Urondo como un lugar precioso, ¿Qué cuestiones de ese contexto se reflejan en su trayectoria?

La casa de Paco y Zulema, porque en esa época él estaba en pareja con Zulema Katz, y Zulema hacía teatro con Paco Fernandez de Rosa, ¡había dos Pacos! Y además éramos vecinos, vivíamos en San Telmo, vivíamos a cuatro cuadras, y la casa de Paco y Zulema era una casa abierta, una casa en la que había mucho movimiento de gente de la cultura, allí conocí a Juan Gelman, al Tata Cedrón, a Rodolfo Walsh, a Pirí Lugones, a Verbitsky, a Rodolfo Kuhn, a toda la gente de lo que era el clan Stiven, Marilina Ross, Bárbara Mugica, David Stivel, Emilio Alfaro, era una casa muy encendida, muy habitada, muy hospitalaria y muy libertaria. Yo era un poco la más chica de todo ese mundo, todos eran bastantes más grandes que yo, pero bueno, fue como mi entrada al mundo adulto, al mundo de la de la pintura, al mundo de la poesía, al mundo de la literatura, y creo que para mí fue fundamental. Paco Urondo, sentado en su hamaca Thonet me corregía los poemas, tuve muchísimos privilegios.

─Usted dice que antes de llamarse actriz, se presentaba como titiritera, qué nos puede contar de esa experiencia?

Por un lado escribía, esa era una actividad que desarrollé durante 7 años escribiendo guiones para la televisión española para un programa que producía mi padre que era productor de televisión. Era un programa para chicos, que se llamaba los chiripitifláuticos y yo le mandaba dos veces por mes guiones desde Buenos Aires, con una persona de Aerolíneas Argentinas que lo llevaba y después cuando viví allá los escribía desde allí. Yo empecé a escribir cuando tenía 10 años, en realidad como una actividad privada, personal, escribía poesía, pero luego mi padre me incentivó a participar con él en este proyecto, en una España en la que todavía había un sólo canal que era TVE. Paralelamente a eso con Paco Fernandez de Rosa, que era mi marido, el padre de mi hija, de Valentina, estuvimos ensayando una obra de títeres de Federico García Lorca, una obra que él escribió para adultos, no para niños, El retablillo de Don Cristobal, que la hicimos en un lugar que existía por aquellos tiempos, en Maipú y Corrientes, que se llamaba El centro de artes y ciencias, que estaba muy bueno, un lugar pequeñito.  Hacíamos obras para chicos, de Javier Villafañe, de los hermanos Di Mauro, pero bueno luego ya empecé a actuar y ya me fue ganando más la actuación, y si bien nunca perdí la fobia a actuar, creo que también fue un paso a esa contra fobia que me acompaña todavía que hace que salga al escenario igual, aunque esté aterrada.

─Usted ha mencionado que Ure ha sido un antes y un después en su formación profesional porque la hizo enfocarse en el imaginario cultural argentino.

Si, efectivamente fueron 7 años, mucho tiempo en el que trabajamos juntos con Ure, para mí fue un tiempo revolucionario para mi relación con el teatro, con la cultura, con la política. Digamos que Ure fue alguien fundamental en mi relación con el teatro y con el pensamiento nacional y popular.  El pensamiento de Ure está presente siempre, de hecho él inventó una técnica de improvisación con la que seguimos trabajando en El Excéntrico, que es el espacio de teatro independiente que tengo y que comparto con mi hija Valentina, que lo dirige y que este año cumple 30 años. Ure le puso el nombre El excéntrico de la 18, y este año vamos a celebrarlo como corresponde. Fuimos pioneros en la ciudad de  Bs As con este modelo de espacio, cuando empezamos éramos 3 o 4 espacios de este estilo y ahora somos más de 300, entonces esto es fantástico porque además son los teatros independientes, los espacios donde se conjuga la actividad teatral con la actividad docente, algunos son escuelas, el Excéntrico no lo es, son talleres, para todas las edades y para todos los niveles de experiencia pero no con una estructura institucional. Creo que en estos espacios de Buenos Aires, es donde se produce el mejor teatro de Buenos Aires, por lo tanto es importantísimo y estamos peleando para que no nos quiten los subsidios, y todo lo que se supone que puede llegar a pasar si no peleamos por nuestros derechos adquiridos.

─Se acercan los 50 años de su vida teatral, como piensa festejar semejante hito?

Siempre se me da por pensar cómo hice para hacer tantos años haciendo esta rareza que es actuar, porque es raro actuar, realmente es raro actuar, pero bueno creo también que forma parte de lo que es la vida de uno, y creo que el teatro, el cine, la televisión, cada uno de esos espacios en los que he participado y en los que espero seguir participando, espero que no me censuren ni me prohíban demasiado, ya estoy en una lista negra, tal vez sea un honor, pero espero que esto como suele suceder me lleve toda la vida, no sé qué tipo de ataque me agarrara a los 50 años, si me dará por escribir de nuevo algo, ya veré como estoy, pero es mucho tiempo, medio siglo, haciendo teatro es una barbaridad, me causa mucha extrañeza, mucha inquietud también, como puede ser, tantos personajes, tantos escenarios, tantos compañeros, tantos imaginarios, es algo rarísimo haber pasado por tantas imágenes, no, encarnándolas, portándolas, pero siempre me divertí mucho, a veces no tanto, por supuesto, no siempre uno la pasa bien, como en todo lo demás en la vida, pero ha sido creo que muy gozoso y muy placentero, trato de que mi relación con mi trabajo este siempre cerca de eso, eso que es lo único que le da sentido a que uno haga algo, que haya una carga libidinal, que haya placer, que haya goce, en la relación con eso que uno está construyendo,  ya sea en el teatro en el cine, en la televisión, pintura, en la docencia, en los talleres, poner toda la carne en la parrilla y a la cancha a reventarlos.

─¿Al público?

Si, si, fundamentalmente al público, creo que hay que tener una posición, yo la tengo, de entrarle, de ir “a por él” como dicen los españoles, de tocarlo, de rozarlo, de inquietarlo, de conmoverlo, de causarle algo que haga que esa noche haya sido un encuentro, que haya tenido sentido, que todos, ellos ahí y yo en el escenario, con mis compañeros o sola, hayamos podido hacer esa ofrenda que significa el teatro

─ ¿Piensa que eso es cada vez más difícil o no necesariamente?

No, creo que siempre se puede poner toda la carne en la parrilla, no todas las noches uno está igual, pero quiero decir, como posición,  como diría la compañera Evita cueste lo que cueste y caiga quien caiga, siempre se puede hacer eso. Lo que si observo es que cada vez las narrativas, durante todo el siglo xx se han ido sintetizando mucho, de manera que intento hacer espectáculos que no duren más de una hora y cuarto, porque creo que casi el límite de atención posible para un gran porcentaje del público, no de todos y porque también creo que ese proceso de síntesis de narrativas, tiene algo positivo, en el sentido de como uno resignifica los textos clásicos.