Por Camila Bettanin, fotografía Kaloian

Rep parió ese deseo que fue creciendo durante tanto tiempo: rectificar la historia gráfica argentina, darnos a Evita. El libro, ese gesto, saldó cuentas con colegas, con la historia, con Esa mujer y con sí mismo. Ahora está con otros proyectos: “Todas mis aventuras de ahora tienen que ver con sociedades, tengo ganas de irme al clásico y asociar me con contemporáneos para hacer algo”. El vestuario y la escenografía de una obra de teatro, un libro sobre los Beatles con un escritor de Bahía Blanca, un laburo sobre dinastías con Albert Pla, algo lento con Saborido, ganas del propio Pinocho. Ese eclecticismo y esa precisión van a estar presentes en toda la conversación, es de lo que se alimenta la curiosidad de la pregunta y la acción de la respuesta; Rep fue parte de esa sociedad que leyó 100.000, 200.000, 300.000 revistas semanalmente. Y además de leerlas, las hizo, como trabajador gráfico, desde el primer niño que fue. 

Los únicos privilegiados son los niños.

— ¿Cómo llegaste al dibujo? 

— Un niño siempre dibuja, hay un momento en que te reprimís o más que nada te reprimen, yo creo que no tenía muchos estímulos en casa, salvo cuando mi viejo me decía “ahí llegó el abuelo, ahí llegó el tío, ¿por qué no vas y lo dibujás?”, ese mínimo estímulo servía para detectar en mí una habilidad. Eso, sumado a que yo siempre me aburría en los lugares, salvo cuando encontraba una biblioteca, una repisita con revistas, entonces me escabullía. Siempre fue un refugio, la historieta más que nada, un momento que no tenía nada que ver con el oprobio familiar y escolar y lo social, entonces creo que esas dos cosas me envalentonaron. Yo estudiaba todas las páginas de la revista y veía hasta los copyright, las partes donde se imprimía, entonces imitaba eso en papeles Canson y los abrochaba y hacía mis propias revistas. En una de las mudanzas, en la mudanza más importante de casa, yo me apropié de un cuartito, el codo entre la casa y la terraza, y ahí monté mi editorial y de ahí iba siempre al parque Rivadavia, que era de revistas usadas, y ponía mi puesto, canjeaba, compraba, no teníamos plata para comprar, no sé cuál fue la primera revista que tuve, la debo haber heredado de alguien, pero no había libros en mi casa, no había poder adquisitivo, y ahí me fui haciendo una colección, me fui armando mi propia explicación de dónde venía el género, y el amor fue muy grande. El primer día del primer año de secundario, detecto a uno que dibuja, me puse a hablar con él, justo tenía la misma pasión por las revistas como yo y nos asociamos para hacer revistas también de un solo ejemplar.  

— ¿Y las revistas de la época? 

—Yo iba a la revista Patoruzú. Era el sueño de mi vida y me metía como un chiquito y los dibujantes me mostraban, hasta que un día vieron que no me podían atender más.  Uno me dijo: “¿por qué no vas a lo del maestro Torino?”, el que hacía Don Nicola; a mí me encantaba esa historieta. Le dije a Carballo, que era este amigo de la secundaria, fuimos a lo de Torino, nos atendió divino. Me decía: “pibe, vos no tenés que dibujar en birome, tenés que dibujar en lápiz, después en tinta”.  Un día estábamos aptos para publicar, según él, yo tenía 14 y me mandó a la redacción de una editorial que se llama Cielo Sur. Nos aprobaron un par de dibujitos, Carballo publicó en el N°29 y yo publiqué en el N°31 de Cuarta Dimensión, una revista de Fabio Zerpa. Ese fue el debut, y a partir de ahí no dudé más, la repetición entrega-esperar que salga la publicación. Ese fue mi primer gran momento de alegría del dibujo, ir varias noches seguidas a esperar que salga ese número de Cuarta Dimensión para ver mi dibujo así chiquito, pero era un dibujo que se la bancaba, hoy se la banca para ser publicado. Un día le dije a Carballo “acá no pagan”, porque es la costumbre que, a los chicos, a los que son novatos, no se les paga, pero yo cuando vi que publicaba y ocupaba espacios, me saltó la gremial y dije “¿me van a pagar?”, “no, pero no pagamos”, cosa que sigue pasando, y entonces dije “ah, no, entonces no”. No sé de dónde me brotó ese “no”, porque a mí me satisfacía mucho publicar. Ahí al toque conseguí una revista que sí me pagó, una página. Creo que tenía también yo un roce con lo profesional porque laburaba en Record, la editorial que volvió a publicar El Eternauta en el año 75, ahí conocí a Oesterheld, a todos los grandes dibujantes.  

 — ¿Cómo fue laburar en Récord? 

 — Record sacaba Skorpio, Tit-Bits, Pif Paf, Corto Maltés, todos esos originales pasaban por mi mano, yo diagramaba o pintaba, habré laburado 6 años en esa editorial y nunca publiqué un solo dibujo. Entré en el 75 y me fui en el 81, pasé toda la dictadura ahí sin ningún tipo de conciencia política, no entendía nada, para mí era todo lo mismo. Hasta que me di cuenta un día, pero laburando ya en Humor. Humor registrado apareció en el 78 y yo publiqué en el número tres ya. 

— ¿Y Oesterheld? 

 — Yo estuve con Oesterheld. Yo era chiquito, tenía 15 años. En el 77 a él lo desaparecieron y yo laburé en el 76 con él, y veía que venía siempre como disfrazado, estaba huyendo, ¿no? Hice una narración, que después la levantaron en HGO, lo que yo pescaba desde mi ojo inocente, porque nadie me contaba nada de Oesterheld y nadie me contó nada cuando dejó de venir Oesterheld. Reconstruyendo, fue otoño del 77 cuando dejó de venir. Y yo lo que le preguntaba a los adultos era “¿qué pasa con el viejo Oesterheld?, que me debe un libro, le presté un libro”. Me había salido carísimo, de la colección Salvat sobre la historieta. Porque lo nombraban, entonces le había dicho, “mire, don (…)”, no sé cómo le decía, “¿ah, me lo prestás?” y nunca más me lo devolvió, pero nadie me decía, se ve que o tenían miedo o me cuidaban, no sé, nunca entendí eso, pero nadie decía nada, todos decían no.

 — ¿Cómo era? 

 — Para mí era como un abuelo, el más grande de los abuelos, lo admiraba realmente. Yo leía todo lo que pasaba, era obligatorio para mí leer sus historietas. No era natural, porque todas las historietas de Hora cero y Frontera que se habían publicado del 57 al 60 yo no había nacido, sin embargo, volvieron a imprimirse todas ahí, entonces tuve una escuela hermosa de guion. Ahí también pasaban Trillo, Saccomanno, de los cuales después me hice amigo, pero nunca me comentaban nada del viejo Oesterheld. Un día, ya laburan do en Humor, me di cuenta, Humor es como mi potrero ideológico. Si bien al principio Humor no era una revista ideológica clara, era una revista costumbrista, no hacía chistes contra los militares, poco a poco se fueron animando. Un día dibujaron a Martínez de Hoz, y la gran explosión fue en Las Malvinas. Eso fue lo que me politizó definitivamente, porque yo ya estaba politizado, había hecho un trabajo gremial en la asociación de dibujantes con otros muchachos y tenía clarísimo el tema de la reivindicación, del laburo. Y me fui de Récord por eso también, porque era muy rebelde y me congelaron el sueldo y no pude soportar más. Ahí fue como un despertar del dibujo y de la rebeldía, es algo que me marcó para siempre.

— ¿Y Estación 90? 

— Eso vino en el 89, Estación 90 fue una revista que hicimos con Sergio José Joselovsky, un periodista de la revista El periodista, que había hecho libros con Dalmiro Saenz, uno que vendió muchísimo y yo le hice la tapa, que se llamó “El día que mataron a Cafiero”. Hicimos una especie de amistad con Sergio y un día consiguió guita y dijo: “vamos a hacer una revista periodística”, “¿y qué querés que te haga, una página?”, “No, quiero que seas el subdirector, que manejes el arte de la revista”. Yo ya había hecho una revista que se llamó Feria do nacional, digamos los nacionales y populares de la revista Humor en el 83, después de la multipartidaria, Humor se hizo Alfonsinista drásticamente, entonces los peronistas quisieron hacer una revista y me llevaron. Siempre me tildaron de peronista a mí, yo siempre fui de Evita, nunca de Perón, Perón milico, para mí, siempre, pero igual.  La cuestión es que ahí ya había tenido un laburo como creativo, la revista Feriado Nacional fue una revista de irnos  rebeldes de Humor Registrado, que era muy poderosa, y fuimos con Sasturain,  Dolina, Nebbia, Maikas, Sanyú, Feinmann, armamos ahí un paquebote de tarados que duró 11 números. 

– ¿Y después volviste a Humor? 

– Yo me iba y venía, siempre me gustaba volver. Antes me había ido para hacer la etapa Malvinas de Caras y Caretas porque me ofrecieron todas las páginas y yo quería laburar mucho y Humor no tenía tanta cantidad. Después volví, fui a hacer Feriado nacional, volví un ratito, después salió la etapa Miami de Satiricón, espantosa, pero me llamaron y me ofrecieron páginas y me fui. Ahí se me ocurrió una cosa que se llamaba Los Alfonsín, que le gustó tanto al Tano Cascioli que me llamó un día y me importó de nuevo, me dijo: “quiero que vengas y que hagas la clínica del doctor Cureta”. Ceo se había cansado y la querían seguir y me eligieron a mí, yo la hice, a desgano, pero le metí Los Alfonsín a Humor y fue muy popular. Ahí fue la etapa más linda de Humor, empezaron a sacar revistas a cagarse y yo laburaba en todas, en Sexhumor, en El Fierro, en El péndulo, y proveía y proveía y era un sueldo, hasta que salió Página en el 87.

— ¿Cómo llegaste a Página? 

—Por una colaboración que había hecho en la cooperativa El porteño, que dirigía Lanata con Tiffemberg, me habían llamado para que haga una historieta sobre el sexo de las mujeres, una cosa así, temática, no feminista, yo hice “El sexo después de la muerte” y no colaboré más. Cuando pergeñaron Página12, se acordaron y llamaron a Sendra, Rudy, Daniel Paz y me llamaron a mí, me pidieron la tira de la contratapa. Lanata me dijo: “quiero que traigas acá Los Alfonsín, que te vayas de Humor”, “ni en pedo”, le digo,” no sé cómo es tu diario, dejáme que creo algo nuevo”. Le ofrecí una historieta que yo había metido en el freezzer, porque no había salido en el diario La razón de Timermann, era una historieta donde los niños querían meter un diputado. La historieta se llamaba Mocoso, después derivó en un personaje que se llama Socorro, y Socorro trajo a Auxilio, Auxilio a Gastar el revolú y ahí hace 32 años que estoy en el Página. Página no solo es la tira para mí, otras cosas son importantes para mí de Página, otra preparación, de producción periodística, aprendí a laburar todos los días, en un diario, a reaccionar ante algunas cosas, proveer secciones distintas, Radar, laburar con el tema de la literatura, temas que me son muy queridos.  

—Se ve con mucha libertad tu laburo.

— Hice mil secciones, y algunas fueron juntadas en libros. Al diario lo usé de plataforma de experimentación, y también de cosas más seguras, más concretas. Si hay un mundial, le dibujo los goles, ahí no hay experimentación, ahí hay palo y a la bolsa, y hasta estos años en que el diario ya no es esa cosa que sale mañana en papel, ¿no? Es esa cosa que sale dentro de dos horas, una hora, ya puedo subir un dibujo si quiero.

 — ¿A Evita ya la venías dibujando?

 — En 200 años de peronismo, que saqué en el año 2010 por el bicentenario, junté el libro La grandeza y la chiqueza del 93 de De la flor, que era sobre la historia argentina desde el virreinato hasta esa actualidad, y los dibujos que hice acompañando La historia del peronismo de Feinmann. Quedó un libro grueso interesante, con buena llegada y ahí hay dibujos de Evita ya, hay un dibujo que también lo repito en el libro este, que es en el que él está en la cama con ella, que fue un dibujo que armó mucho quilombo cuando salió. El termómetro era que, en esos momentos, la ortodoxia del peronismo hacía que vos no pudieras dibujar a Perón ni mucho menos a Evita. Evita no es dibujada, viste, nunca fue dibujada, y siempre me sorprendió eso y quería un día hacer algo de Evita, y nunca tenía el tiempo o la serenidad para sentarme a hacerlo.  En el diario nunca encontraba un lugar dónde meter sección Evita porque, ¿dónde carajo lo vamos a poner? No estoy más en Sátira hace años, Sátira ya no sale más, no había un lugar dónde experimentar esos dibujos paso a paso, entonces lo que tuve que hacer fue sentarme a hacer el libro, cosa muy inusual en nuestra profesión, sentarte a hacer un libro que no haya sido publicado antes. Eso ya me había pasado con el libro del Vino y ahora me pasa con Evita, y espero que me siga pasando, porque no quiero más recopilaciones, quiero hacer cosas así, agarrar, psicotizarme, ponerme una campana, y trabajar obsesivamente sobre un tema. 

 — ¿Te pusiste a leer más sobre Evita?

— Siempre tuve misterio por Evita y siempre leí todo lo que me cayó, la literatura que he leído sobre Evita es mucha, lo que me faltaba era sistematizar el tema biográfico y entonces el libro que me faltaba en ese sentido era el de Marysa Navarro. Ahí sí me lo comí, descubrí algunas cosas, me hice una  línea de tiempo, Alicia Dujovne Ortiz, retazos que uno tiene en la vida, de Evita, hicieron que yo me formara más o menos rigurosamente, más la colaboración de mi hermano Jorge que es muy importante, porque es periodista y a él le encargué las doble páginas que son separadoras de capítulos, pero fue una edición de libro recontra trabajada, como dice en el libro, con todo lo que yo conozco de la hechura de un libro. Vos no sabés cómo es un libro hasta que no sale, hasta que no lo tenés. Lo tenés y es un desencanto, y cuando empieza a circular, vos decís “ah, funciona”; hoy, ya  ni me pertenece. 

 — ¿Y ahora, cómo ves la llegada?

— No hay controversia, por lo menos yo no la escucho, no me la han manifestado ni por las redes ni en público. Yo lo que sé es que es un libro que cuando lo entregué era “¿que será esto?”, me dio opaco, cuando lo vi por primera vez, muy opaco, y ahora como que va tomando luces, que le van poniendo los demás, luces que yo no sabía que tenía, es rarísimo. Hoy ya voy a verlo al libro. Cuando me lo entregaron, no, me daba vergüenza, me daba que yo podía haber dado más, esto es intranscendente, tenía mucha inseguridad, estuve tanto tiempo con ese libro y los dibujé tantas veces cada dibujo, cada dibujo tiene como tres bocetos previos. Entonces, de tanto hacerlo, me cansó y yo lo transformé como en algo baratija, viste, como algo común. Entonces lo veía muy pueril, como diciendo: “Miguel, al final entregaste porque lo tenías que entregar, por la efeméride”, y sin embargo ahora veo que esa simpleza llega de distintas maneras, ¿no?, y a veces hasta necesarias y a veces polémicas, como cuando la escena de sexo. 

—¿Y por qué creés que no fue polémico ahora? 

 — No lo sé y agradezco que no lo sea, no quiero que me malentiendan el amor, el amor con todas las discusiones que tiene el amor. Porque ponele que vengan peronistas o peronistas ortodoxos y digan que es un libro gorila, me dañaría muchísimo. Por tal o tal dibujo, no era mi intención, prefiero que digan “che, boludo, pará de dibujarla cogiendo, pará de dibujar la teta”, o “¿por qué la hacés cuando está muriendo?”, prefiero ese tipo de critiquitas, pero no escucho.  Mirá que hay maneras de manifestarse hoy, me sorprende que no haya provocado eso, porque eso también lo hace matizado, lo hace más amplio al libro, porque estoy seguro de que no solo es leído por el peronismo el libro, no por los gorilas, seguro, no por la mierda de gente, sino que los tenues lo miran, tienen curiosidad por el personaje. 

— Socialmente también hubo una mutación de lo que genera el humor.

— Lo que pasa es que el humor que se está usando socialmente es muy agresivo, entonces me parece que este quedó muy timorato en ese sentido. No hay agresividad, quizá en otro momento en que las redes no fueran tan agresivas este hubiera quedado como agresivo, ¿no?, pero ahora con el nivel de agresión que hay, casi que no es de humor por momentos. Es como un libro literario, de climas en todo caso, hay pocos chistes que vos digas “jaja”, yo no soy de “jaja”, pero algunos sí provocan y otros son muy trágicos, entonces quizás a esos la gente no los acepte del todo. El de la erección de los milicos, por ejemplo, ese es el que yo veo que más duele, alguien tenía que dibujarlo a ese, porque eso está en el imaginario académico y literario, esa escena está, de alguna manera la esboza Rodolfo Walsh en Esa mujer, pensar que esos tipos han violado el cuerpo de Eva o por lo menos han  fantaseado que de esa manera dañaban la figura del general, todas perversiones han pasado y estos son perversos, porque yo lo que grafiqué es la perversión de la oligarquía y sus secuaces. Es muy difícil como autor ver la reacción de la gente, salvo las caritas cuando estás en los auditorios. Hay una cara agradable en la gente, como agradeciendo que alguien por fin la tomó con humor, porque no es el mismo auditorio que la obra de Eva Perón de Copi, donde todos están gozosos de que la maltrate a Eva, los gorilas, ¿no?, y después los ortodoxos se enojan, entonces no hay términos medios. Mi intención es desagrietarla a Eva, es humanizarla, que la discutamos de otra manera, como discutimos a un familiar muy querido, que ya murió, hablamos “qué bueno que fue, ahí se mandó una cagada”, tutearla. Porque si la ponés ahí adelante, es inalcanzable y ya está, Evita hizo todo eso y nadie más puede hacerlo, y no, todos tenemos que tener una Evita adentro nuestro, y para que pase eso tenés que bajarla del pedestal y hacerla chiquitita, te la comés y la guardás. Yo considero que hace años que tengo una Evita adentro.  

 — ¿Desde cuándo? 

 — Me acuerdo cuando la descubrí, era chico, yo estaba laburando en Récord, me había enamorado de una correctora bastante mayor que nunca se dio cuenta, me veía como un chico, y yo le hacía preguntas de historia. Me trajo un libro de historia un día, así gordo, forrado en papel madera, porque seguramente era un libro de esos que no era conveniente andar por la calle, viste. Estoy hablando año 78, 79. Y me prestó ese libro, yo me lo llevé, yo vivía solo en la provincia, y me lo devoré porque era de alguna manera leer lo que había leído ese enamoramiento, ¿no? Y ahí descubrí en los últimos capítulos el socialismo, el tercer mundo en Latinoamérica, la lucha de Cuba y, previamente, por supuesto, la labor del peronismo y sobre todo de Eva Perón, y me causó mucha curiosidad Eva, vi en esas líneas una pasión como también la vi en el Che, y son 2 personajes que siguen despiertos en mí viste, siguen, siguen. El Che por ahí se me cae porque es varón, porque era militar, por machista, ese tipo de cosas, pero Eva me parece que se fue invicta, no tenía esa soberbia revolucionaria, sino que era simplemente una revolucionaria, y cuando lo tuvo ahí en sus manos lo pudo usar, me parecía un personaje encantador. Cambió la historia y esa es mi primera Eva. Luego, simplemente es conmoverme cuando aparece su voz en esos últimos discursos, eso siempre alimenta, me da combustible a la Eva, ¿no?, y también el enojo ante la Eva de Madonna, las distintas Evitas del espectáculo, y sí estar bien con la de Ester Goris o la de Mignogne, algunas de estas  logradas, la de Juan y Eva también, pero otras, no, la más quieta, un muñeco troquelado de rodete rígido, me parece  que eso no ayuda. Creo que este libro va a servir para que no siga siendo esa, que se suelte el pelo. Un poco ya Juan y Eva y Mignogne habían hecho eso, pero faltó humor, porque no era el lenguaje de ellos. Este el cambio que tiene es eso, el humor, el humor y no la comicidad.

—En el libro de Cortázar también hay algo de humanizarlo. 

— Mi dibujo también medio que te obliga, muy rara vez hago un dibujo que tiene un sesgo realista. En el libro de Bukowski, por ahí, pero siempre tiendo a que mi dibujo no se lo tome en serio, altera las proporciones anatómicas. Si dibujo a Cortázar, tan flaquito, tan cabezón, tan ojudo, ya no es creíble, lo que le pongo es otra cosa. Cuando dibujo a Cortázar, lo dibujo como a un amigo muy simpático, ni siquiera como a un literato. 

— A lo mejor termina siendo más real. 

— Cuando estás en un libro, tenés que creértela que ese es Cortázar, ese es el hallazgo. Yo dibujé mejor a Cortázar y a Borges que a Evita seguro, eso es así, porque las mujeres son muy difíciles de dibujar, de afear, de caricaturizar, muy difícil, son bellas digamos lo que se supone que es bella, y ella lo era, no solo por el patrón griego, sino también por la armonía que tenía, realmente era atractiva, era llamativa. Yo hablé con gente que la conoció, que la vio siempre a unos pasos, y tenía algo, la piel, todo el tiempo cuando dibujás ese “tiene que tener algo”, ¡la puta madre!, no es común, es una señora actriz y una actriz que está en su gran teatro que es la historia, hermoso personaje y argentino.  

— ¿Querés seguir trabajándola?

— Supongo que no en lo inmediato, pero que algún día volveré, de alguna manera distinta, como una historia de ella, metiéndome más en el pensamiento de ella. Ahora hay una novela que hizo eso, que es de Alicia Dujovne Ortiz, que se presentó este año. Es un soliloquio de ella en la última semana de vida, se llama La procesión va por dentro y es eso, viste, ella está agonizan do, se da cuenta, cuenta su propia vida, se va contando a sí misma, y tiene un lenguaje, un idioma Evito, interesante y sobre todo porque lo hizo una mujer. A mí me gustaría animarme a eso alguna vez, hacer algo más cerca todavía de Evita, no despegarme de Evita como acá, que me despego para laburar, me acerqué, pero no me pegué.