Por Emiliano Sacchi

Grasas, cabecitas negras, descamisados, humildes, obreros, mujeres, niños. Justicia. Amor. Dar. Darse. Patria. Perón. Quizá la mejor forma de escribir sobre La razón de mi vida sea en el estilo que lo hizo Leonidas Lamborghini (Eva Perón en la hoguera, 1972) y luego inmortalizó Cristina Banegas: la repetición, el balbuceo, el mantra, la pronunciación litúrgica de sus palabras. Es que a Evita solo se la puede leer en un trance de amor plebeyo. Sus palabras siempre excesivas, siempre desbordadas, sus palabras de éxtasis, más que comunicar iluminan hasta incendiarse o incluso hasta el erotismo. Así la leyeron Copi (Eva Perón) o Perlongher (Evita Vive). Y a Evita, o se la lee aceptando su amor generoso y excesivo, o se la lee desde el odio, desde un odio también ilimitado, ese que no se detuvo incluso frente a la vejación de su cadáver. Quizá hoy, con la normalización espectacular de su figura, Madonna mediante, el odio haya perdido visibilidad. Pero las páginas de La razón de mi vida siguen allí indomesticables y al leerlas uno puede también entender la rabia, el desdén, el odio de sus enemigos. Puta, advenediza, grasa, déspota, esas palabras también se repiten como un mantra, como un ritual que protege los privilegios, todos los privilegios, que tiemblan frente a ese deseo de justicia que quiere hacer el mundo de nuevo, que quiere terminar con la historia de dominantes y dominados, que quiere que existan solo una clase hombres, que quiere que las necesidades sean derechos, que quiere eliminar el imperialismo, que quiere primero a los niños, que quiere que las mujeres tengan poder y se les pague el trabajo forzado que los hombres llaman amor. Eso es la razón de su vida, un deseo de justicia sin límites, de reparación universal, un deseo urgente, aquí y ahora, una orden que se debe ejecutar sin demoras. Y por su carácter excesivo y urgente, un deseo subversivo. Cómo asegurar el orden y las jerarquías, si ella, mujer, plebeya, hija “natural”, pero a la vez poderosa esposa del Presidente, predica con el ejemplo que es patriótico insultar a los patrones, decirles la verdad como latigazos en la cara. Que todo eso haya osado ser (de forma más imaginaria que real) lectura obligatoria en las escuelas argentinas, en el sarmientino, blanco, civilizado, pulcro y sacrosanto espacio áulico, era una ofensa insoportable para la oligarquía. De allí el odio, de allí las vejaciones, de allí el ostracismo de La razón de mi vida de la escena literaria, educativa y cultural desde la Revolución fusiladora hasta nuestros días. De allí también la potencia de leerla hoy, en tiempos de restauraciones oligárquicas, de odio anti-popular y también de empoderamientos feministas. “Esa mujer” y la razón de su vida es una página imborrable en la genealogía de las luchas actuales.