El tercer llamado de Federico, entonces atendí.  

Otra vez un cadáver, esta vez en la galería San Miguel, de San Luis e Italia. Fui en el auto y no me molesté en sacar el CD de Peppa Pig que había escuchado a la tarde con mi hijo antes de dejarlo en la casa de la mamá. Sentí que así seguíamos en compañía. 

— ¿Qué tenemos? —le pregunté al forense más vago de toda la provincia.

— Un muerto. 

— Dale, Ferrari.  

— Es un tiro, doctor. En la cabeza, con orificio de entrada por el lado izquierdo. El horario probable de deceso es entre las 21 y las 2. Tiene la billetera en el bolsillo y pareciera que se defendió cuando lo atacaron. Por ahora es todo lo que sé. El muerto tenía nombre, Horacio Etchepare, nacido en 1957, donante de órganos, con tarjetas de crédito y obra social.  Tenía ochocientos pesos en la billetera y trabajaba como portero en la galería. Ningún local violentado, no faltaba nada.

Descartado el homicidio en ocasión de robo, restaba averiguar el móvil. Pedí al secretario de la fiscalía que se contacte con la familia. Había que investigar las miserias y virtudes de Horacio, buscar posibles enemigos dispuestos a matarlo. 

Eran las 5 de la mañana y volver al departamento amueblado a la moda que alquilaba por Airbnb no era una opción, así que fui directo a la fiscalía. El secretario, Julián, llegó a las 7, puntual como ninguno en la oficina.  

— Son dos muertos en galerías, a razón de uno por semana. ¿Estarán relacionados? —preguntó Julián.  

— Podría ser. También puede ser casualidad. Dos muertos en galerías no alcanzan para formar una serie. Además, en la de calle San Martín ya tenemos un sospechoso con prisión preventiva.

— Sí. El profesor de matemáticas que llora en todas las audiencias y dice que él no fue.  

Julián era sensible, no como yo. Eso era una virtud, nos complementábamos. La semana anterior habíamos detenido a un tipo que daba clases de matemáticas particulares en un local de la galería que queda por calle San Martín, entre San Luis y San Juan.  

El imputado sostenía su inocencia entre llantos desbordados de lágrimas espesas y aullidos de perro. Las dos audiencias que se tomaron fueron imposibles y Julián insistía en que para él era inocente. Era su percepción, porque los indicios apuntaban al profesor, que a la hora del asesinato decía haber estado en su casa solo, afirmación que resultó incomprobable, y que además había tenido un cruce fuerte que llegó a las piñas con el dueño de una agencia de turismo de la misma galería que quería hacer obras para embellecer el espacio común y convocar a otras agencias de turismo a instalarse ahí. Los propietarios de la galería de calle San Martín y los empleados de los locales afirmaban que entre ellos existía una conocida enemistad y detallaron más de un encontronazo entre ambos. A su vez coincidían en que el profesor de matemáticas era un tipo “raro” que no se daba con nadie. 

— Ser raro o antisocial no te hace un asesino —me dijo Julián.  

Cierto, pero toda la investigación parecía prolija y consistente. Las declaraciones se correspondían, las amenazas del profesor en la reunión de consorcio de la galería existieron, y un día después el agente de turismo apareció muerto de un tiro en el baño de hombres. Toda la prueba recolectada convenció también al juez, que le dictó la prisión preventiva  

ante la posible fuga del imputado.

Sin pistas sobre el asesinato de Horacio Etchepare, al décimo día apareció otro muerto en otra galería, esta vez ubicada en calle San Martín, entre Córdoba y Rioja.  

Había una serie de crímenes disparatados y teníamos un profesor de matemáticas preso, con pruebas para ser imputado, pero con una cadena de asesinatos que lo ponían materialmente fuera de la serie.  

Fuimos con Julián hasta la galería. El cadáver llevaba cinco días y un espeluznante estado de descomposición. Estaba en un local del último de tres subsuelos que componían una galería angosta, con un patio central cruzado por escaleras sucias. De treinta locales, solo tres estaban en funcionamiento. Los demás estaban abandonados, algunos con los vidrios rotos, con humedad y paredes descascaradas. Pasamos por el local de In Rock, que todavía tenía el cartel pintado en la puerta y parecía cerrado desde siempre. Ahí compré tachas y discos de Sham 69 cuando era adolescente. En su local de filatelia, el Nº 19 de la galería Atlantis, habían matado a Julio Romani, coleccionista y vendedor de estampillas de 33 años. El estado de descomposición demoró la determinación de la causal de muerte. Esta vez, la víctima había sido ahorcada con una soga que no se encontró en el lugar. Tenía signos de haberse resistido y, por lo corpulento que era Romani, los forenses apuntaban al trabajo de dos personas o de alguien con mucha fuerza y aún más robusto que los 85 kg y los casi dos metros de altura que portaba la víctima.  

— Tenías razón, Julián. Acá hay una serie. Están matando gente de las galerías. Pero, ¿por qué?  

A ninguno le gustaba tener razón, no había nada en Julián del gesto de “viste, yo te dije”. Tener razón en este trabajo no era para jactarse.  

Decidimos entrevistar a todos los empleados y dueños de las galerías en que se habían dado los crímenes. Calculamos unas 140 entrevistas, y no queríamos dejar de participar en ninguna. Los datos surgen de gestos, de pequeñas contradicciones, y además la información debía relacionarse, lo que diga un empleado de una galería podía vincularse con los dichos de otro empleado en otra galería.  

Nos llevó dos semanas. Y no teníamos nada más que titulares de diarios y una población inquieta que no quería frecuentar galerías.  

En el último subsuelo de la galería Atlantis había un acuario. Vendía productos para peces y el local, ubicado en el patio central, estaba rodeado por peceras enormes que estaban ahora vacías, sucias y llenas de sarro. Era bastante tétrico. El dueño se había borrado sin aviso y el administrador no pudo encontrarlo. Los peces se fueron muriendo hasta que llamaron a la GUM que vació las peceras y dejó una sola funcionando, que albergaba al último pez vivo del acuario Atlantis. Estaba exhibido en la entrada del paseo comercial con un cartel que decía:  

“Acuario Atlantis en reparación”. Decidimos buscar a su titular, que era el único con quien no habíamos podido entrevistarnos y, aunque no era un sospechoso, su actitud de abandono nos inquietaba.

— Yo qué sé —dijo Julián—, un tipo que abandona 60 pececitos y se manda a mudar, no sé, es raro.  

— No hace falta ser “raro” para ser un asesino.  

A todo esto, la presión mediática y social había logrado la excarcelación del profesor de matemáticas. No podía ser culpable de la serie estando preso. Además, las pericias balísticas demostraron que los asesinatos se habían realizado con la misma arma.  

— ¿Y si el profesor en cana mandó a matar a otros con el mismo arma para que parezca una serie y así probar su inocencia? La esposa viene todos los días a la fiscalía y lo visitó en la cárcel sin saltearse una visita. Quizás se mandó ella a matar gente para formar la serie y que así liberen al marido.  

En el allanamiento a la casa del profesor no apareció el arma homicida, podía estar guardada en otro lado. Además, el tercer homicidio no fue con un arma de fuego y la esposa del profesor no podía ahorcar a Romani sin ayuda. Eran demasiados asesinatos y múltiples partícipes como para resultar verosímil. El profesor salió libre entonces, y no teníamos más pistas. Nuestro único sospechoso era el dueño de un acuario abandonado. Y lo único que lo incriminaba era el hecho de abandonar pececitos. ¿Qué hace falta para ser un asesino? 

Desorientados, volvimos sobre las declaraciones. Cuando releímos la del dueño de una disquería de la Atlantis recordamos que antes de irse comentó que él quería que en esa galería, hoy semi abandonada, se armara un circuito comercial con tatuadores, locales de música, instrumentos y pilcha para jóvenes. “Como la Bond Street de Buenos Aires”, dijo, que eso ayudaría a remontar la crisis. Nos preguntó si podíamos hablar con alguna autoridad y comentó que era lo mismo que les había dicho a los periodistas que habían ido a hacer una nota sobre galerías comerciales en Rosario. 

Julián propuso dar con los periodistas, quizás en la nota o en las preguntas de ellos podíamos encontrar alguna pista.  Volvimos al local, pero el dueño no se acordaba el nombre de la revista. Era algo así como Qué onda, o Qué te pasa, pero no estaba seguro. 

Por la peatonal San Martín caminamos hasta el kiosco de diarios de mitad de cuadra, pedimos por una revista con el nombre que nos dieron. 

— Deben estar buscando la Qué Sapa, es esta –dijo el diariero. 

En Alvear y Mendoza vivía la redactora de la revista. Se sorprendió con la visita y nos dijo que la nota la habían hecho Lucas y Gustavo, el primero hacía las preguntas y el otro, las fotos, pero que nunca se publicó porque Lucas era un periodista pésimo e irresponsable que no llegaba a los cierres y que además no tenía ojo y por eso no pudo encontrar nada qué contar.  

Había que hablar con los periodistas, podían ayudarnos. Los fiscales hacen preguntas, buscan la verdad, los periodistas hacen lo primero y, algunos, hasta lo segundo. 

Fuimos a donde vivía Lucas, en calle Córdoba, al lado del Ariston Hotel. Era una casa de pasillo con una biblioteca enorme. Vivía con su novia y un gato.

— En las galerías no pasa nada. Fuimos con un fotógrafo, no encontramos qué contar. Dimos unas vueltas y finalmente desechamos la nota —dijo muy tranquilo el periodista.  

Salimos de la reunión y Julián no dudó.

—Es él. Estaba muy tranquilo, demasiado, nadie se queda tan tranquilo cuando llegamos a hacer preguntas. Y otro dato, casi toda la biblioteca era de novelas policiales. Leer policiales no te hace un asesino, ya sé, pero el pulso frío de contestar preguntas sin inmutarte te convierte, al menos, en sospechoso, ¿no?  

Gustavo, el fotógrafo, vivía en un departamento por calle Paraguay al que no nos dejó entrar. Tuvimos que hacer las preguntas en la calle. Y, a diferencia de Lucas, Gustavo estaba nervioso y repitió textualmente las palabras que ya nos habían dicho: en las galerías no había ninguna historia para contar. Lucas le había hablado de nuestra visita. 

No teníamos elementos serios para pedir un allanamiento. Pero el juez de turno había cursado la carrera con mi viejo y, aunque me caía mal, él me quería. No eran necesarios los indicios, la cariñosa casta judicial fundó un pedido de allanamiento técnicamente improcedente y en dos horas estábamos con una pequeña patrulla de policías allanando las casas de Lucas y Gustavo.  

No encontramos nada. Ni arma homicida ni soga ahorcadora. Si teníamos a dos posibles sospechosos, era de puro pálpito. No alcanzaba.  Quedaba una maniobra. Julián dirigía el allanamiento en lo de Gustavo, yo estaba en lo de Lucas. Actué convincentemente el final de una supuesta llamada telefónica con Julián mientras entraba a la cocina en la que Lucas esperaba sentado y tranquilo, muy tranquilo.  

— Gracias, Julián, manteneme al tanto. Ya está, Lucas. Gustavo confesó que fue él quien mató a los tres galeristas. Lo están trasladando al tribunal y mañana va a declarar, perdón por haber molestado, pero entenderás que la situación era apremiante.  

— Bueno, no sé si Gustavo confesó — dijo Lucas—, pero yo creo que usted quiere una confesión mía. Pero para eso tengo que pedirle algo, un favor, digamos.  

— Diga —ordené sin entender a dónde apuntaba. 

— Quiero que me cuente cómo fue que dio con nosotros. Cómo fue la investigación. Todavía debo la nota de las galerías, y aunque pensaba hacer una cobertura recién con el quinto cadáver, puedo cambiar el enfoque, y narrarla como si fuera un fiscal.