Por Johana Báez, Camila Bettanin y Matías Senderey Fotografías por Yazmín Quiroga

Llegamos media hora antes a las calurosas y concurridas inmediaciones del punto de encuentro que no sabíamos realmente cuál era. Un bar, una galería, estación de trenes Mitre eran las coordenadas. A la hora convenida, desde el lugar acordado, Juan llama y da nuevos datos para encontrarlo, con un “suerte’ que reanuda el juego. Inconfundible, reconoce a los entusiastas recién venidos de Rosario. Él también está próximo a viajar.

-Estuve laburando hasta recién con una muy linda novela para la serie de Negro Absoluto, de un pibe nuevo, Fernando Chulak, me levanté a las 6 de la mañana para terminar ese laburo y viajar, así que estamos en la misma.

– ¿Cómo surge la colección?

– La colección surgió un poco pensada como plataforma para la creación de personajes argentinos, detectives, investigadores de distintos tipos y distintas épocas. Elegimos los autores, había plata en esa época y entonces cobraron de adelanto por 3 novelas.

– ¿En nuestra cultura es más difícil quién ocupa el lugar de detective?

– En el fondo hay tantos detectives privados en Los Ángeles como en Buenos Aires. Es una convención literaria, siempre es una convención, quizás más verosímil en un contexto que en otro. Tenemos una fórmula bastante chicanera para neutralizar el auge de los detectives Noruegos, Suecos, Daneses, Finlandeses, los Nórdicos, entonces nosotros decimos somos los “Súrdicos”, del Río Grande para acá la novela policial es “Súrdica”.

– Bien al sur

– En nuestra novela puede haber investigaciones, crímenes, etc. Pero es muy difícil o por lo menos, si uno pretende hacer una novela que tenga cierta coherencia, se hace difícil hacer coincidir la justicia con la verdad. Entonces eso y las dificultades con la institución, pensemos quién investiga, entonces inventamos cosas. Nuestra generación, la de Martini , la de Soriano, la de Saccomano, crecimos leyendo o formándonos más con lo yanqui clásico, los detectives de Hammett, los de Chandler, Olivarchi de Ross Macdonald, cosas que poco y nada tienen que ver necesariamente con la institución, con la Justicia, a veces coinciden, a veces no, pero el mundo que reflejan no es un mundo en el cual sea posible establecer el equilibrio estable, no hay una sociedad que defender, un orden que defender, entonces no, el tipo labura por dinero, cumple, ese orden es un orden siempre en cuestión. Bueno ese es el modelo, modelo en el sentido más amplio, el incentivo, el estímulo, la lectura que nos motivó a muchos a dedicarnos al género, porque sentíamos que con ese mecanismo podíamos hablar de ciertas cosas.

– ¿Estás contento con tu última novela?

– Muy contento. Hammett me encanta, como escritor, como persona, lo que hice fue agarrar la última novela que dejó inconclusa. En el 53′ después de haber estado en cana por no revelar los nombres de los contribuyentes para pagar la fianza de los presos del Macartismo, una cosa heroica del maestro, se comió 6 meses de cana por no abrir la boca. Le confiscaron los derechos de autor porque no había pagado impuestos, y además lo sacaron de todas las bibliotecas públicas por razones ideológicas. Estaba viviendo de prestado en las afueras de Nueva York, en una cabaña y se pone a laburar ahí y lo último que consigue escribir son esas 60 páginas de una novela inconclusa que se llama Tulip. Yo agarré la traducción española de ese texto que publicó su viuda, y la convertí en una novela de 600 y pico de páginas. Transcurre en NuevaYork en el 53′ pero hay un argentino, es una historia preciosa. Alguien que leyendo El Halcón Maltés en el año 46 en Rosario descubre a su padre, dice- “Esta historia, la del capítulo séptimo, la que le cuenta a Sam Spade iEste tipo es mi viejo!, yo soy Pierce”. Entonces en un momento viaja y se va a buscar el padre y a buscar a Hammett también, para que le pueda dar huellas de su padre.

– ¿Re-trabajas mucho los textos?

– Tengo las 2 cosas, por mi condición de laburar en los medios, me tuve que acostumbrar a trompadas a escribir y publicar. Si todos los lunes tener que publicar una contratapa, los domingos mejor que se te ocurra algo porque va a tener que salir. Entonces hay que sacarlo al laburo. Pero, la relación con la escritura, es la relación de los que consideramos que la literatura está hecha de palabras, no está hecha ni de acciones ni de nada, es el manejo del lenguaje, entonces esa pretensión de rigor, te salga como te salga, atraviesa todas las cosas que escribo. Laburo mucho los textos, muchísimo. Escribir un soneto son 5 horas de laburo, romperte el culo ahí en el oficio, no sale siempre tan bien medido, tan perfecto, cuando vas al libro, acomodas algún verso que te quedó medio truchín, medio renguito, unos 11 que son 11 y medio, sino 12. Un decasílabo más tramposo, mal cortado, pero bueno, es la mezcla del desafío y es lindo eso. Y en esas tensiones es donde uno hace las cosas. Esas tensiones son las que saludablemente te hace laburar, cualquier editor lo sabe, si no tuvieras una fecha de cierre o un compromiso no harías un carajo.

– ¿Qué estás escribiendo ahora?

– La continuación de la historia de Pierce, la del rosarino, la historia de cómo surgió este manuscrito y ahí entro yo también. En la idea original yo recibo un manuscrito de un rosarino, a partir de un hecho real. Un tipo de la calle San Lorenzo que me regaló 35 cajas de libros policiales, hace unos años, un hombre maravilloso, no porque me hubiera regalado eso

– ¿35 cajas??

– Tuve que alquilar un local. Guita que no tenía ¡para guardar los libros!. 35 cajas de libros de novelas policiales publicadas en Argentina de los 30 hasta los 60, cosas muy hermosas, todo Rastro, todo Séptimo circulo, toda la serie Evasión, serie Naranja

– ¿ Y no quería quedarse con eso?

– No. Eligió gente a quién darle partes, a un amigo que tenía le dio la parte de arte, y me llamó por teléfono, acá a Buenos Aires y ¡no nos conocíamos! me dice “¿Sasturain? tengo unas cosas, vos te dedicas a estas cosas, que escribís policiales, me gustaría que las veas, te pueden interesar, una biblioteca muy grande que heredé de mi papá, me gustaría dártela”. Parece una joda viste.

– ¿Y cómo fue?

– Viajé a Rosario, me encontré con Rodolfo, estaba enfermo, murió a los 2 años, un encanto de persona, investigamos cosas juntos. Usé ese hecho real para, en la ficción, que no está acá pero aparece la historia del Bobo Pierce, sale de ahí, se supone que cuando Rodolfo me estaba dando las cosas, me dice tengo esto que me dejó mi viejo y es un original, un original de los años 80 en inglés, se llama The last dash, yo lo veo y me hago el pelutodo pero yo lo conocí al Bobo Pierce cuando laburaba en Rosario, en fin.

– ¿Cuándo fue que te diste cuenta que te ibas a dedicar a ser escritor, que te autorizaste a ser escritor?

– Lo bueno es si en algún momento das cuenta de cuál es tu deseo, cuáles son tus ganas, uno reconoce sus ganas. Yo tengo un hijo, siempre hizo lo que le cantó el culo desde chico y siempre supo lo que quería ser, lo cual es una suerte, una vocación poderosa, más allá de la aptitud. Le regalé un disco de Kiss cuando tenía 9 años porque le gustaba, se hizo heavy metal y después Trash, después hizo música y se hizo tatuador a los 18, muy buen tatuador, el Monga Sasturain. Él supo lo que quería, siempre supo y a mí lo que me gustaba era leer, y ya en la primaria escribía, le gustaba a las maestras, todas esas boludeces, siempre fui buen alumno además, era un niño obediente, hice todos los deberes de chico. En el secundario empecé a escribir poemas y cuentitos y después tuve la posibilidad, que no todos tenemos en este país, de que te banquen. Yo tuve viejos de clase media que me bancaron, me mandaron a Buenos Aires a estudiar letras, una carrera de mierda que no daba un mango, me mantuvieron durante 2 años, me garparon la pensión, es una privilegio, entonces si vos querés escribir, te pones a estudiar literatura, obviamente que es una garantía casi de que no vas a escribir, no tiene nada que ver, uno no aprende a escribir, si sos un poco perspicaz aprenderás a leer, lo cual te acomoda la soberbia con 4 cachetadas, aprendes que todo está escrito, que ya lo escribió otro mucho mejor, antes, asique si sobrevivís a ese saludable chapuzón, desde otro lugar, más realista, escribís.

– Hasta que uno consigue un estilo

– El estilo lo vas a encontrar, no hay que tratar de tener un estilo, hay que copiar sin asco, no hay que tenerle miedo a las influencias, hay cada boludo que dice “yo no leo porque escribo”, oooooh ino vaya a ser que Kafka te haga mal boludo!, lo que importa es ¿qué vas a leer, no? las influencias hay que metabolizarlas, es como morfar, después algo saldrá. Hay que leer lo que ama uno, uno lee por placer, por gusto, y bueno la escritura va apareciendo después, en el caso mío, tardé mucho en poder escribir ficción que me gustase más o menos, entonces me lo tuve que proponer, me lo propuse como un ejercicio de estilo, porque en el fondo no tenía ninguna historia para contar, nunca me había pasado nada.

– Y a los personajes que vos tenés les pasa de todo

– Lo que hice, fue el año 72 tenía 26 o 27 años, me puse a escribir una novela “a la manera dé’, agarré un modelo, las cosas que leía, Hammett, escribí la primera escena de lo que después sería Manual de perdedores. Lo que tenía era el título, soy buen titulero. Entonces escribí una escena convencional de novela policial, una búsqueda de persona, típica, alguien que convoca un investigador privado, secretamente, sin levantar la perdiz, a ver en qué anda su hijo, típicos años 72, 73, años de militancia. El tipo, un industrial, tiene miedo de que su hijo esté en la pesada, tenga alguna joda, pero claro él no puede hacer nada, llama a Robledo, no era Echeníque, Robledo tenía 40 años, Echenique tiene casi 70. Y bueno, una novela policial típica, la diferencia está en que a través de la ventana no se veía Manhattan, sino que se veía el Luna Park digamos, y el Río de La plata y cuando sale, sale a Buenos Aires, entonces, más allá que tenga piloto, sombrero, está en Bs As, tiene que investigar en Bs As, no tenía la más puta idea de lo que iba a pasar eh, no sabía la trama eh, y empezó a andar.

– ¿Cuando escribís no sabes Io que va a pasar?

– No no no no, lamentablemente no, esto por ahí puede parecer una pose, pero no lo es, uno escribe para enterarse en general, cuando uno sabe demasiado lo que va a pasar, se nota. Depende qué porcentaje de incertidumbre hay, una cosa es ir absolutamente en pelotas, sobre todo si sos escritor, tipo realista, como me considero de algún modo, alguien que arma ficciones con personajes y que todas las historias cierran, si tenés esa pretensión siempre es riesgoso laburar así, y más en un policial, si matas un tipo y no sabes quién lo mató, como me ha pasado.

Estás igual que el lector

– Ey, eso es muy bueno…que vos no estás por arriba del lector. Se nota eso. Yo leo Arena en los zapatos, una novela que me gusta, por ahí tiene muchas imperfecciones, pero tiene una respiración en la prosa, muy muy potente. Ahora no puedo escribir así, ojalá pudiera, muy potente, está muy viva esa cosa, ahora soy más cagón, tengo más recursos ponele, y no reconozco, yo digo “mirá que lindo esto” y sigo leyendo ¡no me acuerdo!, es otro, porque fue el resultado de la repetición, los diálogos y la peripecia fueron resultado que los pusiste a charlar, los personajes se sientan para tal cosa y termina apareciendo otra cosa, uno mencionó algo y iSUC! la historia se va coherentemente para otro lado.

– ¿Cómo te llevas con los lectores?

– Uno tiene que escribir para uno. En el mejor sentido de la palabra, tenés que escribir cosas que te interpelen a vos mismo, preguntas para uno, y uno no es diferente de los lectores, no tenés que suponer un modelo de lector, si no terminas calculando, “voy a escribir esto para” y no es así, hay que escribir las cosas que a uno le gustaría leer.

– Cuando relees tus propios poemas, ¿cambian los sentimientos?

– Si, a veces sí. Mira, yo lo primero que publiqué fue la “Carta a Sargento Kirk y otros poemas de ocasión”. Con ese título después pasó entero a “El Versero”. Pero ahí, como eran poemas políticos escritos del 76 en adelante, yo tenía una relación, mínimo conflictiva, o con cierto grado de contradicción, porque eran poemas políticos, partidarios, peronistas, cuando yo había dejado de serlo ya, en términos de haberme abierto con el Turco, “si ésto voté yo por disciplina, hay algo que está mal” y me refiero al primer turco. Ahora, esos poemas que fueron escritos durante ese tiempo, que no volvería a escribir ponele, son como los poemas de amor, qué importa si el sujeto amado, o te cagó, o la cagaste, o terminó mal, o algo se pudrió… Hay un cuentito que se llama Balmaceda y las beatrices, de un profesor de botánica que se enamora de la madre de una alumna. Balmaceda es el anti-romántico, un profe de botánica muy cuadrado que por primera vez se enamora. Entonces empieza a leer poesía, y trata de escribirle poemas a ella. Pero descubre que la poesía miente, porque idealiza. Entonces empieza a investigar cómo eran las minas a las cuales le cantó Quevedo, cuál era la destinataria de los 20 poemas de amor de Neruda, cómo era el amor de Marechal y ve la foto, o como era la Beatriz de Dante, del mismo Dante. “Esta gorda” dice, “esta narigona” la poesía miente, la poesía construye cosas, entonces escribe unos poemas muy realistas que la describe a ella, bueno, Balmaceda carece de ese sentido de los poetas.


HISTORIETAS

– De tus historietas, en Perramus te eligieron a vos como guionista, para Zenitram, ¿elegiste a Quattoüio?

– Si, lo elegí a Juan Carlos, un gran laburante, es extraordinario. El caso de Zeni es una creación colectiva, en el origen el personaje que yo inventé es un cuento de 6 páginas, de los años 90, contado en segunda, Zeni es una especie de héroe criollo maradoniano en decadencia. Termina mal la cosa. Es muy de la época del turco. A Coco Barone le gustó la idea para una película, y mi mujer, Liliana Escliar agarró Los sentidos del agua, sacó la idea de unos personajes de allí, los trasladamos, de ahí salió un guion más amplio. Todos metieron mano ahí. Daniel Santoro hizo parte de la escenografia, una de las cosas más lindas que tiene la peli. Martin Oesterheld hizo parte del diseño de la escenografia, y de todo eso salió el engendro que es la película. Después de que salió la película, digo iesto es una historieta de superhéroe!, le di la data de la película a Juan Carlos, una especie de story board, y le dije “Juanca agarrá esto y hacelo historieta”. Se tomó el buque, hizo lo que se le cantó, porque no sabe trabajar de otra manera y porque tiene una cabeza así. Historieta en estado puro. Me encanta, está muy bien. Ahora lo juntamos en un libro, 600 páginas, viste, un ladrillo, hay mucho para leer ahí, hay mucha historia.


EL PERIODISMO

– Ese momento de La Urraca, y Revista Humor era un momento de mucha producción, de publicación, de circulación, ¿no?

– Hay un primer momento que es muy característico: la primavera alfonsinista es un momento muy especial, porque es un momento de expectativa favorable, siempre pasa en los períodos que a tus espaldas tenés una tragedia. Todo lo que va a venir tiene que ser mejor, es el mismo clima que existía a principios de los 70 para los medios gráficos, 71, 72, una época de florecimiento. Veníamos de una, estábamos padeciendo todavía a Lanusse, los últimos avatares del “Onganiato”. Ya había pasado el Cordobazo, ya empezaba la lucha de las organizaciones armadas, las movilizaciones populares, etc., que llegan al progama del FREJULI en el 73 con 7 millones de votos, un programa extraordinariamente revolucionario, duró lo que un pedo en una cesta, ¿no?, porque la política lo pasó por encima. Pero si vos ves el clima que se vive en las publicaciones periódicas, en los diarios, en las revistas y todo. La aparición de “Hortensia”, de “Satiricón”, el apogeo de Mafalda. Son momentos en que se ve un futuro, se vislumbra una posibilidad de que hay futuro que podemos hacer, que es mejor de lo que venimos. Después viene el manchón de la dictadura, y después de Malvinas, es de nuevo empezar a sacar la cabeza, esa es la primavera de Alfonsín, la democracia va a existir, que vas a tener posibilidades, que va a haber justicia. Esos años son los años de Fierro iniciales, ese clima. Y es ese clima de los lectores de Osvaldo Soriano. Ése es el clima en el que Osvaldo escribe y Osvaldo es él escritor de la época. Es el escritor de los 80, el único escritor popular que vendió a cagarse, como antes debe haber vendido el Turco Asís