Por Lucas Elías, fotografía por Kaloian

Daniel Santoro pinta y piensa al peronismo. Lo relaciona constantemente a contraluz del capitalismo, el psicoanálisis o la estética. Lo acusa de peste capitalista, de democratizador del goce, de ofensa ontológica. Lo estima propio, argentino, identificador y Barroco. En disputa permanente, es un movimiento, un partido y ¿qué más?

Hecho maldito, el peronismo parece un sujeto social gigante, múltiple, inabarcable y a la vez determinado. Tiene sinfonías, una marcha, veinte verdades y tres banderas. Liturgia de choris, acto, bombo y movilización. Trascendió lo político hasta lograr una identidad propia que no es ni yanki ni marxista. Invento argentino que según quien mire será agente civilizador, promotor de la barbarie o realizador de la justicia social. Cargado de pasión, tiene épica, amor y mucho para decir de nosotros mismos. 

Daniel Santoro, artista argentino, porteño, de 65 años, militó en el peronismo y estudió Bellas Artes. Reconocido por su obra plástica, reflexiona sobre la riqueza, el capital y la estética del buen gusto a la que califica como “horrible”. El universo peronista que representa a través de su obra acredita la profundidad de un proceso que, aunque sigue contando votos, es mucho más que un partido político. Nos recibió en su taller, que es también su casa, ubicado en el barrio porteño de los dos congresos. A partir de algunas preguntas planteadas por Qué Sapa, dijo de todo. Habló rápido, polemizó, dijo lo que pensaba. Con naturalidad citó a Freud, Barthes, Ludwig I de Baviera, Lacan, Los Simpsons y más, sin pedantería ni paternalismo. 

La siguiente nota es una transcripción parcial de un diálogo que duró tres horas y que incluyó café y galletitas. 


Combatiendo al capital 

Se bombardeó gente por no poder tolerar ese desgarramiento del sistema capitalista que produce el peronismo, porque lo desgarra. Esa idea de combatir el capital que tiene el peronismo es real, aunque algunos compañeros no la interpreten bien. El sistema está armado de una de terminada manera: para un goce en la cúspide y un padecimiento en la base. Y a medida que vas bajando hay más padecimiento. El peronismo comprime esa distancia y produce una especie de democratización del goce, cosa que desde el punto de vista psicoanalítico lacanianano no se tolera. Pero intenta eso y transgrede la norma porque el que asigna el valor, no del trabajo sino del tiempo vital, es el que tiene el poder, y el peronismo disputa ahí. Entonces, por ejemplo, cuando propone el aguinaldo o las vacaciones pagas, impone restricciones en la asignación que puede hacer el capital del tiempo vital, que siempre estuvo en manos del poder. El peronismo se mete en la cabina de control del capitalismo, cosa que nunca se permite. La cabina de control la tienen algunos tipos que son los que deciden cuánto va a valer el tiempo que ponés a su disposición para que ellos se lleven la riqueza. Es decir, tu tiempo de vida vale una determinada cantidad de guita que es la que se establece en la cabina de con trol, donde dicen: es así porque al estimar la ganancia da este número. El peronismo desprecia ese número y te lo disputa continuamente, por eso es tan nocivo. Es como una peste dentro del sistema capitalista porque va siempre ahí.


Ese es el gran quilombo  

Hay un goce que da el capitalismo. La gente no es pelotuda, el capitalismo está buenísimo: cambiás los zapatos, la tele, siempre te ofrece algo más. ¿O por qué funciona el capitalismo? Porque hay deseo, no porque hay necesidad. Por necesidad se suponía que funcionaba el comunismo, en el cual había consignas: “cada uno de acuerdo a su necesidad”. Pero el problema no es la necesidad, el problema es el deseo. ¿Quién necesita una Ferrari? La Ferrari solo se desea: el tipo quiere la Ferrari, no un auto. Y, ese es el problema del capitalismo, que te ofrece siempre el vacío del deseo, siempre va a haber otra cosa. El deseo siempre está atrás de un vacío que lo impulsa, nunca llega a cubrirse; si se cubre, es la muerte. Por eso el miedo a la muerte, ¿no?, el miedo a no desear. Pero el capitalismo cubre esa expectativa, siempre hay más.  

Entonces surge esta idea de la que habla Badiou de ponerle el freno de mano, y el freno de mano es el peronismo, que toma distancia de ese vacío, amplía el deseo y te dice: “está bien, vamos para allá pero vamos todos, vamos a meter a todos”. Y poner el freno de mano es ralentizarlo todo y, por lo tanto, complicarlo porque el capitalismo tiene una lógica contraria, de aceleración. No obstante, salir del capitalismo es un misterio, no sabemos qué hay más allá.  


El cielorraso de yeso 

El capitalismo o el neoliberalismo no hablan de una estructura de poder. Para ellos nunca hay un tipo que tiene el poder, ponen un cielorraso de yeso ahí: lo que se ve son emprendedores, gente que llega, que de alguna manera tiene éxito; te venden los éxitos al estilo de las iglesias evangélicas, hay milagros. “Empezó haciendo cerveza en la casa y ahora tiene una súper empresa”, todos llegan hasta ahí. Y arriba está el sistema real de poder que no se ve, que está por encima del cielorraso de yeso. ¿Y quién tiene el poder real? Porque hay garantías del poder, pero pareciera ser que es todo neutro, que eso no debería importar. Debería importar llegar hasta ahí y manejarte en ese espacio, antes del cielorraso.  

Si vos sos un tipo crítico que va a cuestionar lo que está por arriba del cielorraso, ya sos el enemigo; por lo cual, el poder piensa en palabras como “terrorista”. ¿Qué es un terrorista? Un tipo que llega por arriba del cielorraso y tiene una mirada y una opinión crítica sobre ese lugar. Vos no tenés que opinar ni cuestionar ese espacio porque para eso tenés un montón de pasos previos para ser, por lo menos, un triunfador. Ellos suponen que una vez que sos un triunfador ya está, no vas a molestar más. 


¿Y por qué uno tendría mérito? 

El peronismo también transgrede cuando ataca la meritocracia, que es otra de las ofensas, de las grandes ofensas. Para los antiperonistas, los pobres no tienen mérito. Evidencian ese pensamiento, por ejemplo, cuando te dicen: “ustedes se creían que podían tal cosa, bueno no, no tienen mérito”. El peronismo siempre pasó por arriba el mundo de los méritos. ¿Y por qué uno tendría méritos? ¿Qué méritos tiene una persona que nació en una familia de dinero y genera más riqueza? Tiene una oportunidad totalmente distinta a la de una persona que nació pobre y nunca en su vida va a poder hacer plata, porque no va a tener los medios. Esa es la gran falsedad de la meritocracia. El peronismo encara eso con realismo: Eva Perón lo que hizo fue darle a los pobres cosas de ricos. El otro día, hicimos un encuentro en la Ciudad Infantil, que ahora es un centro de rehabilitación, y una señora de casi noventa años me contó que trabajó ahí de joven y que Evita iba casi todas las mañanas. Evita tenía muy cuidado ese espacio porque, para ella, era un modelo a replicar en todas las grandes ciudades. En esos lugares se reponía la justicia: los chicos más pobres iban a tener las cosas que tenían los chicos ricos, como dice esa frase famosa: “Para que nuestros niños pobres no tengan nada que envidiarle a los hijos de la oligarquía”. Esto es una ofensa ontológica para los antiperonistas porque habla del sentimiento más oscuro, más inconfesable que es la envidia. Eva Perón la politiza: les está diciendo a los ricos que nadie los va a envidiar por que los pobres van a tener lo mismo que ellos tuvieron de chicos, que les va a dar la misma oportunidad en serio y no cosas de pobres. Eso es muy ofensivo. Además, la señora me contó que Evita la mandaba a comprar la ropa de cama para los pibes a Harrods y Gath & Chavez, que eran tiendas a las que solo accedía la oligarquía. Es decir, en la Ciudad Infantil los pibes dormían con las mismas sábanas que los ricos, tenían cortinas importadas. Eso es una locura, algo rarísimo. Ahí está la esencia del peronismo. Porque no combate el deseo y ahí se aleja de todos los marxismos: está aburguesando a los chicos. Por lo tanto, no hay proletarización, hay aburguesamiento. Al obrero le vas a tener que pagar bien. La felicidad es esa: es que mi tiempo vale y no cincuenta centavos como un insumo más. Mi tiempo vale como un ser humano de lujo, con todos los lujos. ¿Tenés lujos? Yo también tengo lujos. ¿Vos valés? Yo también valgo. Con todo eso se entremetió el peronismo, por eso el odio que desencadena. 


No poder parar 

La lógica del neoliberalismo va a llevar a una experiencia social muy trágica. La lógica neoliberal capitalista es no poder parar, se va autopotenciando. ¿Para qué se hace plata? Para hacer más plata, no para estar mejor o ser feliz. ¿Quién hace plata para ser feliz? Un tipo que hace plata en serio la hace para hacer más plata, no puede parar. En esa lógica se van a llevar puesto todo, hasta las contenciones morales de la gente. La sociedad se va a poner miserable, más todavía, van a empezar a matar migrantes como lo está haciendo Trump. Los que entraron al círculo de goce, por encima del cielorraso, ¿cómo se van a proteger? Con paredes, con represión, con control. Van a hacer cosas horribles, muy espantosas, de las cuales la gente, inevitablemente, se va a sentir culpable. Entonces, en un momento determinado se verá el abismo. Se va a ver en carne viva cómo funciona el sistema en el que las clases dominantes están alcanzando niveles excesivos de goce que las van a llevar a un nivel de vida tremendo, capaces de vivir doscientos cincuenta años con repuestos de todo tipo.  

No sabemos bien cuándo va a pasar, creo que todavía falta. Pero, vos imaginate, ir a Versalles un par de años antes de la Revolución Francesa, verlos a todos divirtiéndose y decirles: “miren que en dos años ninguno de ustedes va a tener la cabeza pegada al cuerpo”. Hubiera parecido una broma, nadie iba a creer ni lejanamente que eso podía pasar. Ellos estaban instalados en un nivel de goce que era abismal y ese abismo de golpe se cerró. Basta que prendan una llama, que algunos tipos digan: “che, esto está mal” y que empiecen a convencer a los demás. A partir de ahí, ya no lo podés parar. Por eso tiene tanta paranoia el capitalismo con el terrorismo, porque saben que ahí está la mecha, que se enciende ahí, de la manera más insospechada, uno no se lo espera, y por eso también la aspiración al control.  


Canibalismo cultural 

En Argentina siempre tuvimos un problema con la construcción de la identidad; con la construcción, porque la identidad siempre es un problema. Pero constituirnos culturalmente siempre nos costó. La Argentina se constituyó en una operación en pinzas que terminó en Córdoba: un poco en ese encuentro se constituyó la nación. Pero lo que prevalece es la cultura europea, somos medio colonos en un territorio que teóricamente estaba vacío.  

En cambio, en México o en Brasil el territorio pesó mucho más. Cuando llegaron los colonos se encontraron con una espesura y hubo que negociar. Acá no hubo negociación, acá los arrasaron. Por ejemplo, Brasil tiene una selva enorme, nunca terminás de saber qué hay adentro y todo eso que viene de la selva pesó mucho.  


Una pelotudez que dura ocho cuadras

Nosotros estamos queriendo construir una calle que se parece a París, otra a Budapest, una pelotudez que dura ocho cuadras, después estás acá. Entonces no podés terminar de constituirte y siempre estás esperando que te digan a ver quién sos.  

Esa es la otra cosa bien argentina, que venga un tipo y te diga que vos sos o te pareces a Europa, a Francia. En cambio, el peronismo construye una apropiación, algo nuestro, una construcción barroca desde el punto de vista estético. Las estéticas peronistas suelen ser apropiaciones. El chalecito californiano, por ejemplo, es originario del sur de California, al peronismo no le importa. Todo lo incorpora y lo hace peronista: el mismo chalecito californiano es la casita peronista, es una maniobra semántica. O la República de los niños, que es Bávara, del sur de Alemania, sin embargo, ¿por qué es nuestra? Porque tiene esa capacidad de generar apropiación, de decir ya está, la sacamos de allá, la llenamos de infancia y ahora es nuestra.  

Entonces, eso es barroco, construir con apropiaciones. Y creértela, hay una ingenuidad ahí. Eso se da y tiene que ver con la ingenuidad de la cultura popular.  Por ejemplo, en Brasil está el carnaval, ¿qué hay más ingenuo que el carnaval?  Es un bien del pueblo eso y se constituye en un hecho cultural impresionante con el tiempo. Quizás, en un comienzo, era solo lío de borrachines y música. Si hoy preguntás en Brasil cuál es el epítome, el hecho cultural más importante, muchos te van a decir el carnaval. Acá, si preguntás, te van a decir el teatro Colón, que es lo más refinado, la alta cultura. El Colón es para una élite, no tiene nada de apropiación. El teatro Colón te lo envidiarían en Italia, es como de ellos. Vos no hiciste nada, no hay nada del teatro Colón que tenga que ver con el territorio donde está.  


Alguien lo inventó

El peronismo es algo que nos define: si sos argentino, te gusta el fútbol o sos peronista. O mejor, no podés ser peronista sin ser argentino. Eso es una creación; el peronismo es una creación política, es una invención. Alguien lo inventó, fue prosperando y se convirtió en una identidad, es parte de nuestra identidad argentina. Es un patrimonio nuestro que nos identifica, como el fútbol o el tango, y, desde el punto de vista cultural, es tan valioso como éste. Pero eso se da en el tiempo y sosteniendo esa ingenuidad con la cual se construyen los eventos culturales populares. Siempre es en medio de una mirada ingenua.

Cuando hay erudición, algo del orden del conocimiento, que requiere cierta cosa sofisticada, empieza a limpiarse todo y no se tolera nada del tono local. Los mexicanos nunca te van a poner un MALBA (Museo de Arte Latinoamericano Buenos Aires), que es un museo de arte latinoamericano que no tiene nada de latinoamericano. Es un museo que podría estar en Manhattan o en cualquier lado porque es de estilo internacional, no está apropiado, no tiene nada que diga que es argentino. Y eso parece una virtud, que no tenga nada local parece de buen gusto. Al MALBA, en Brasil, Niemeyer le pone azulejos lusitanos y te lo apropia. Así, al verlo decís: “ah, esto es medio brasilero” o “con unas curvas medio raras”. Eso es Niemeyer: el racionalismo lo pasó por los morros, por la selva, por la herencia simbólica portuguesa, le metió todo y ya lo ensució. Ensució un estilo puro como es el racionalismo. Acá no se animaría nadie. Porque esa es la otra cuestión: mantenemos las cosas porque queremos parecer elegantes, estar más cerca de Europa, no de Latinoamérica. En cambio, México te pintaría de violeta la entrada del MALBA, como mínimo.


A nosotros nos gusta así

La pedagogía que hacen las clases dominantes sobre el buen gusto es algo increíble. Es un horror el buen gusto. Atenta contra la identidad. El buen gusto es el poder, que tiene una pata metida en la estética y te está diciendo qué es y qué no es de buen gusto. Los cholets, que son los chalets pero de cholas, una arquitectura inventada por Fredy Mamani, un arquitecto que era albañil y empezó a trabajar con los Aimará, que hicieron plata en el gobierno de Evo, son casas que parecen shoppings o casinos y arriba tienen un chalecito donde vive la familia. Hay centenares de estos cholets de 1500 metros con salones de baile para mil personas en El Alto, una parte humilde de La Paz. Mamani inventó una forma que no existía que es de un gusto extrañísimo, a mí no me gusta pero está bueno. Usa los colores de las polleras de las Aimará, todo muy bien hecho y con mucho dinero, porque son millonarios. Esta es una forma de goce propio. En un reportaje de la BBC, el periodista le consulta a una chola: “¿Por qué hacen estas casas así?”, a lo que la mujer responde: “A nosotros nos gusta así”. Esa frase es arrasadora, es pura identidad. Les gusta así de esa manera, inventando una forma nueva que no existía. Eso es una identidad real.


¿Y a nosotros cómo nos gusta?

Un millonario en Buenos Aires, paralelo a eso, ¿diría a nosotros nos gusta así? No sabe cómo le gusta. ¿Cómo le gusta? Como debe gustarle. Hay un mandato de la estética del poder que le dice cómo le gusta a un millonario. Entonces, mira las revistas, se va a un country, sigue mirando, y hace su casa como la hicieron los otros. La chola, en cambio, sabe cómo le gusta. Se anima a hacer eso que para un millonario argentino sería un horror. Acá nadie sabe cómo le gusta, ningún oligarca sabe cómo gozar de otra forma que no sea la de un millonario internacional.