Por Qué Sapa

Sara Facio se sorprendió por la invasión de cámaras y el número de personas no declaradas oficialmente antes del encuentro cuerpo a cuerpo a cada lado del pasillo. Ella en la llegada y nosotros en hilera, una atrás de otra, entusiasmados por acercarnos a la mujer que inventó una forma de inmortalizar personajes símbolos de una generación y una época que tanto nos aporta.  ¿Qué podía decirnos ella, que reveló la intimidad de tantos? Ella, que viajó, entró, tocó la puerta, insistió hasta poder disparar la mirada justa, el dardo en el centro del tablero, hasta poder demostrar su calidad de tiro. Sara alegre y no Trist(an), que se sentó al lado de Borges arrodillado en la biblioteca, que se las ingenió para retratar a las Ocampo, negadas insistentemente. Que se dio el gusto de fotografiar a Gabo y Cortazar jugando tirados en la cama. Quien nos regaló a todos los ex locos bajitos los caminos íntimos de esa artista libre que (fue)es la hermosa María Elena Walsh. Sara Facio siempre cargó  consigo el freelance, un estilo que le permitió no estar atada a los pedidos de directores, editores, romper las dinámicas de las redacciones, ejercer  una libertad de riesgo propio que le abrió un camino, hacer sociedad y marcar el paso de la fotografía en el país. Ella es responsable de que muchos de nosotros podamos continuar la lectura de los nuestros leyendo sus fotos, el Retrato en sí mismo, que aporta algo nuevo cada vez. Es la responsable de que podamos pasar por Ezeiza, mirar a nuestro alrededor el regreso de Perón, ese contexto en el que ella toma la famosa fotografía “Los Muchachos Peronistas”  que años más tarde se convertiría en el retrato de un desaparecido. Y de conmovernos hasta las lágrimas en el funeral de Juan Perón. Hay una sensibilidad que capta su ojo seleccionador con su  técnica Black & White, que nos deja mirando, y nos hace pensar, sentir, emocionarnos. Rato atrás, desayunando en un bar tipo bodegón, habíamos convenido en que, si algo no podía faltarnos, era indagar acerca de su proyecto cultural de una forma integral, política. Pero para eso había que empezar por el principio.

¿QUÉ ES ESO?

L: Sara, según ha contado, usted es una mujer que si bien ha tenido una familia que no le prohibió nada, tuvo que “Forjarse sola” por sus elecciones, ¿Qué dificultades se le presentaron?
S: ¿Por ser mujer? Muchísimas. Yo empecé a trabajar en fotografía hace más de 50 años, cuando las mujeres no tenían las libertades ¡ni de movimiento siquiera! Un ejemplo bastante clave: alguien en el extranjero observó en un libro mío, “Buenos Aires Buenos Aires”, ¡qué pocas mujeres había por las calles! Y sí, no había mujeres por la calle. En los años 60’, en el centro de la ciudad, una mujer sola, era impensable. Grupos de chicas como se ven ahora, ¡menos! y si veías una mujer por la calle Corrientes, que era el lugar donde iba la gente a los cines, a los teatros, siempre iba acompañada por un varón, sea el marido, el hermano o el novio. De modo que, en las cosas más triviales, que nos parecen hoy día imposibles, en ese momento en que yo comencé mi carrera, la mujer estaba totalmente vedada por la sociedad, no solamente porque estuviera prohibida, por una cuestión política, como después ocurrió con la dictadura por ejemplo, sino que la sociedad misma imponía ese tipo de reglas. Igual que en la vestimenta, una mujer en pantalones era un escándalo; yo siempre usé pantalones (risas). Es más, mi papá me llevaba a su sastre, mi mamá se enojaba muchísimo.

L: ¿Y con una cámara en la mano?
S: ¡¡¡peor!!! A mí hasta me han llevado presa. Lo cuento en un libro que acaba de salir: era un 31 de diciembre, salí a trabajar con mi socia Alicia D’amico, decidimos ver qué hacía la gente ese último día, para hacer una nota periodística y después ofrecerla a los medios. Se nos ocurrió ir a la cárcel de Caseros (que ya no está más) y ver si los presos eran visitados por los familiares. Efectivamente eran visitados, era fin de año, hacía un calor de morirse, los familiares esperaban enfrente, en una plazoleta que había y dejaban las cosas que llevaban, pan dulces, tortas, lo dejaban en el suelo haciendo la cola. Alicia y yo estábamos sacando fotos a la cola esa de paquetes y muy discretamente a los familiares que estaban a la sombra sentados. Por supuesto vino un vigilante de la cárcel y nos llevó presas, porque “¿Qué estábamos haciendo ahí sacando fotos?” “¿Qué era eso?” estuvimos varias horas hasta que se dieron cuenta que no éramos terroristas ni nada por el estilo. Pero por supuesto nos abrieron las cámaras, sacaron los rollos. Cosas que a lo
mejor a un muchacho no se lo hubiesen hecho. Después, en la época de la dictadura no podías sacar fotos en ningún lado. En lugares tipo el puerto, en ese momento, los ’70, en dictadura, estaban abriendo la Avenida 9 de Julio y había escombros, estábamos gente del Foto Club haciendo fotos de texturas, de los escombros y vinieron los soldados a decirnos que fotos de esas cosas no se sacaban porque después decían que la ciudad estaba mal. Cualquier arbitrariedad, pero también era porque se abusaban de que éramos mujeres, eso estuvo siempre enmarcado. Aún hoy es bastante cerrado para las mujeres trabajar en un diario, en revistas. En el Staff de fotógrafos si hay una mujer, hay una docena de varones. Es como un coto muy machista en el ambiente periodístico, cuesta mucho. Yo nunca trabajé por suerte en una redacción, ¡así que de esa me salvé!.

¡Son Fotos!

¿Qué de lo que usted hizo cree que posibilitó abrirle camino a otros fotógrafos?
Hubo una cosa que fue muy importante dentro de lo que yo viví, que implicó una apertura muy grande para todos los fotógrafos, los grandes y los que venían más jóvenes que yo; fue cuando tuve la posibilidad de abrir la fotografía del teatro San Martín. Ahí fue como una vidriera que se abrió a muchos fotógrafos, grandes, mayores que yo, tipo Grete Stern, tipo Annemarie (Heinrich)
o colegas míos generacionalmente como Jorge Aguirre, Eduardo Comesaña, tuvieron una oportunidad de exponer, de mostrar su trabajo. Esto recién comenzó en los años 80’, cuando comenzó la democracia. Porque anteriormente, primero, que no había espacios y segundo, que había tantas barreras y tantos inconvenientes que los fotógrafos estábamos como aislados, separados, no había núcleos, no había clubes que nos contuvieran. Con la democracia empezó una nueva vida. Dentro de mi trabajo creo que la Foto Galería fue un espacio múltiple porque no había restricciones de ninguna naturaleza. Para mí lo único que valió siempre, antes y ahora, es que los trabajos sean de calidad, no me importa si es mujer, varón, negro, blanco, japonés, chino o
entrerriano, nada. Me importa que sea un trabajo interesante, que tenga una idea, que transmita algo a un público, inclusive nuevo, porque tampoco la gente estaba acostumbrada a ver exposiciones de fotos, ¡no sabía qué era eso! Y de alguna manera fue una docencia muy grande.Eso después lo continué en el Museo Nacional de Bellas Artes, ahí logré, gracias primero a la gente de la Secretaría de Cultura y después al director del museo, que tenía una gran apertura y gran conocimiento de lo que significaba la fotografía en el mundo actual (estoy hablando de los años 80’, 85’, 90’), y ahí se pudo valorar la fotografía de calidad estética y calidad de mensaje. Tuve que luchar también contra las barreras burocráticas, hacer que aceptaran donaciones de los mismos artistas o de gente que tenía obras fotográficas de mucha calidad, que tuvieron la generosidad de donarlas (después de que yo trabajé bastante).Yo misma hice la primera donación de fotografías internacionales, no mías, de los mejores fotógrafos que yo había juntado en toda mi carrera, algunas que me regalaron o intercambié, algunas (las menos) las compré. Casi todas fotografías canjeadas o regaladas. Hice la selección de lo mejor que tenía en mi archivo de ese tipo de fotos, pero de autores internacionales históricos tipo Cartier Bresson, Kertész, Ralph Gibson; gente muy prestigiosa y reconocida no sólo en la calidad estética de la foto, sino desde el punto de vista económico. Son obras que tienen un valor económico muy grande y yo estoy muy orgullosa de haber podido donar esas fotos. Fue un contagio para gente de posibilidades económicas, que tenían fotos porque las habían comprado o porque ellos mismos se habían sacado fotos con grandes fotógrafos como fue el caso de Victoria Ocampo, que le había hecho fotos Gisèle Freund, Man Ray, tenía unas fotos fantásticas como fotos y con un gran valor en dólares. Y después hubo un contagio muy grande con los mismos fotógrafos, a mis colegas generacionales, a los jóvenes, les pedí, cuando veía que tenían grandes fotos, buenos trabajos, importantes. Fue realmente fantástico porque hoy en día la colección del museo tiene arriba de 1500 obras, no fotos así no más: obras muy valiosas y que son un ejemplo para toda América. La gente viene a mirarlas, piden los catálogos (que están todos agotados, por suerte). La verdad eso me da mucha satisfacción.

Europa: ¡Se abrió una ventana!

¿Tras qué acontecimiento tiene usted noción del significado y el poder de la fotografía?
De alguna manera es por la formación; yo vengo de Bellas Artes, me recibí con diploma de dibujante profesional, soy profesora de dibujo y pintura. Pero descubrí estando en Europa, en un viaje de estudios, una exposición de fotos. Acá en Argentina nunca había ido a una, a lo mejor había, pero como estudiante de Arte, la foto no existía como arte, la foto era la foto de comunión, la foto de casamiento, el nenito desnudito sentado apoyado en una piel de corderito. Esas eran las fotos que conocíamos en los años 40’, 50’, cuando yo era chica, cuando era adolescente. Y cuando fui a Europa a una exposición de fotos, ¡como que se abrió una ventana!, ¿Cómo es posible que también con fotografía se pueda crear, se pueda dar una manera de mirar, de ver, de crear algo tan palpable como es una realidad, encerrar eso y, subjetivamente, dar otra cosa?

Buenos Aires: Primeras fotos
Empecé a pensar un poco en fotografía. Cuando volví a Buenos Aires (ya me había comprado una cámara en Europa) empecé a trabajar, cosa que yo no sabía, nunca me había interesado, el papá de Alicia (D’Amico) era fotógrafo profesional, tenía un estudio fotográfico, pero era un fotógrafo  absolutamente comercial, sacaba fotos carnet, de novias, de chicos, de comuniones, de cumpleaños. Y estaba muy de moda, en los años 50, 60, lo que se llamaba fotos sociales y fotos a domicilio. Entonces casi como de casualidad, porque teníamos las cámaras y el señor D’amico tenía una clientela muy grande y estaba con muchísimo trabajo, y nos ofreció a su hija Alicia y a mí, si no queríamos ir a sacar unas fiestas. Nosotras, jóvenes y cararrotas, fuimos, sin saber nada de cómo se hacía, fuimos. Como éramos de Bellas Artes estábamos acostumbradas a ver de una forma determinada y tratábamos que toda la gente en las fotos salga bien, cuidábamos las poses, los trajes, si estaba comiendo no le sacábamos fotos, en fin, toda una serie de detalles que la gente cuando vio los resultados, estaba muy satisfecha. Vimos que podíamos hacer eso, y además que ganábamos mucha plata. Hacíamos todo nosotras, sacábamos las fotos, hacíamos las copias, revelábamos y las entregábamos en un álbum precioso. Y empezamos a hacer fotos absolutamente comerciales. Luego, en el ambiente, conocimos a Annemarie Heinrich, una fotógrafa de gran jerarquía, de muchísima vidriera, sobre todo porque tomaba fotos de artistas, de los actores y las actrices más populares de esa época, años 60’, cuando la conocimos. Annemarie nos aconsejó a Alicia y a mí que, como teníamos otra formación y queríamos hacer otra cosa con la fotografía (no solamente uso comercial), fuéramos a un Foto Club. Así fuimos al Foto Club Buenos Aires y empezamos a ver esas fotos que habíamos visto en Europa, esa mirada diferente. Tanto a Alicia como a mí siempre lo que más nos gustó fue la gente, sacar fotos de personas, no fotos “muertas”, de naturaleza y todo eso, lo hacíamos porque era la forma de ganar premios, estaba de moda, pero no era lo que nos interesaba. Entonces hicimos la carrera en el Foto Club: de ganar premios, de salir en los diarios, presentábamos desde el Club en el mundo entero, en todos los salones internacionales de Europa, de África, de Asia, de América y siempre nos aceptaban las fotos y ganábamos premios. Luego, nosotras ya aburridas de ganar premios, empezamos a desarrollar temas que nos interesaban, primero la ciudad de Buenos Aires, después nos interesaba mucho la literatura, empezamos a sacar fotos de escritores. Pero siempre por nuestra cuenta, nunca por una redacción, un medio, primero porque no nos querían, segundo porque no les íbamos a rogar que nos aceptaran. Llevábamos trabajos y si les interesaban los compraban y los publicaban. Así hicimos una carrera interesante y publicábamos en casi todos los medios nacionales como La Prensa, Clarín, La Nación, La Opinión, Página 12, todos los diarios importantes de la Argentina. A las dos nos gustaba mucho la historia, nos interesaba conocer la historia de la fotografía, tan intrincada con la historia nuestra, argentina. La fotografía vino al país en 1840 y el país nació en 1810, entonces ¡hubo sólo unas décadas donde no se fotografió! Eso nos parecía fascinante y empezamos a escribir, a hacer notas en diarios, revistas, finalmente libros. Después, yo misma desarrollé con mi colega de Guatemala María Cristina Orive, hicimos “La Azotea”, la editorial fotográfica, para hacer libros de fotografía de autores, también históricas pero de fotógrafos con una mirada especial.

MADE IN ARGENTINA
¿Hoy en día, cómo ve la Argentina como lugar para la fotografía?
Creo que estamos totalmente integrados. La globalización hizo que tuviéramos mucho contacto, ahora hay internet, hay un mercado de arte que incluye la fotografía y, en ese sentido, los artistas
argentinos, los fotógrafos argentinos tenemos un lugar bueno. Recibo todo el tiempo correos electrónicos, llamados de fotógrafos nuestros que están prácticamente viviendo en el extranjero porque van de un lado a otro. Ayer me escribió Hugo Aveta, un muchacho cordobés que está en París haciendo una muestra, me contó que está encantado y que puede vivir de la fotografía. También está en Paris una chica que se llama Constanza Piaggio que trabaja muchísimo y muy bien. El santafesino Marcos López vive continuamente viajando, trabajando en el extranjero igual o más que en la Argentina y eso es porque el mercado los absorbe, porque son buenos y porque ya no hay esas diferencias inclusive territoriales y esa imposibilidad que había antes de poder exponer en Europa. Como los extranjeros vienen a exponer acá, nosotros exponemos en todos los países. Yo en lo personal estoy re contenta porque el Museo de Arte Moderno de Nueva York me compró fotos, el Museo Reina Sofía en Madrid también. Yo no fui a mostrárselas, me han sacado de internet o de no sé dónde y se han interesado, me contactaron y me han comprado. Eso forma parte del momento que estamos viviendo.

¿Con estos cambios, dónde piensa que se puede seguir percibiendo lo nacional en la fotografía?
Yo creo que hay una forma de ser argentino. No te la puedo describir con palabras, pero tanto en fotografía como en cine o en literatura hay algo que es argentino y que el observador medianamente sensible, que mira estas manifestaciones artísticas, lo nota. Yo no soy escritora, ni filósofa, no te puedo decir dónde está. Pero que está, está. Aún está en esa cosa que nos han criticado en América, “de qué poco americanos éramos los argentinos”, aún en eso, porque sí, seremos menos folklóricos que los Mejicanos, que los Brasileros, pero tenemos que mostrar también esa diferencia. La tapa de un libro de Alicia y mío llamado “Buenos Aires, Buenos Aires” son las figuras de tres muchachos nuestros, flu, fuera de foco, que como están parados ¡son argentinos!, esos muchachos no pueden ser nunca ni brasileros, ni mexicanos, ni siquiera chilenos que son más parecidos a nosotros. Esa diferencia existe, será subliminal, pero existe y los observadores lo notan y lo aprecian, porque por algo nos aceptan, porque sin ser folklore puro ni estar mostrando solamente las cataratas del Iguazú o los glaciares, también ven que somos argentinos.

LA FOTOGRAFIA SEGÚN SARA FACIO

¿Cuáles diría que son las cuestiones más importantes del proyecto político cultural que usted tiene en la cabeza?
A mí la única cosa que me importa de la fotografía es que esté inscripta en el mundo de la manifestación personal, lo que se llama Arte, pero decir Arte es decir nada. Es lo que un ser humano muestra de lo que ve y lo que siente. Si esa persona tiene inclinaciones sociales lo va a mostrar muy bien, si tiene inclinaciones únicamente estéticas también lo va a mostrar. El Arte es eso, que hay una gran variedad de miradas y cada uno se inclina como público a lo que realmente es su interior también, yo no podría hacer nunca montajes, ni hacer fotos color y mezclar, de tres fotos hacer una, usar Photoshop y esas cosas porque me aburre profundamente. Para mí la fotografía no es eso, la fotografía es ver esa flor y yo tener que no copiarla como es, sino tratar de hacer de esa flor una imagen diferente, que vos la mires y digas “ay, mirá, yo a esta flor la veo por primera vez”. Y sentís algo. Para mí el único concepto válido es haya una manifestación personal y sensitiva, que sea algo de adentro, que no sea una superficie. Una foto en foco, bien sacada, con lindos colores no me interesa para nada, doy vueltas las páginas rápido; me interesa cuando me está diciendo algo, cuando hay una mirada, una sensibilidad. Si eso al fotógrafo le gusta hacerlo de una forma política, como se puso de moda, no es peyorativo, se usó en una década hacer fotografías absolutamente políticas con el tema de los desaparecidos. Muchos lo hicieron de una forma hermosa, sensitiva, emocionante. Y otros lo hicieron porque se usaba hacer esa temática. Hay gente que lo ve, que lo siente y hay otra gente que no, que le da todo lo mismo. Entonces ya cuando veo esas fotos con esos contenidos tan fuertes y tan profundos realmente me doy cuenta si está hecho porque lo sintió enserio o si lo hizo porque estaba de moda. Y lo mismo con las
fotos “muertas”, en el sentido de que son frentes de edificios o todas esas fotos estéticas que no te dicen absolutamente nada, o por lo menos para mí. Hay algo más que eso. Pero bueno, hay que sentirlo, no todo el mundo lo siente. 

¿Considera que el color en las fotos saca esa potencia de sensibilidad?
No, porque hay coloristas que son realmente maravillosos. Pero es como que facilita, digamos. Vos ves esa foto de la gatita con ese rojo y decís ¡qué lindo! A lo mejor si la ves en blanco y negro no te gusta. Para mí es un desafío hacer fotos en blanco y negro, porque ya la realidad es en colores, entonces hay un desafío muy grande en usar el negro.

¿Cómo piensa el vínculo entre la fotografía y la literatura?
Son dos lenguajes muy diferentes, pero se pueden complementar muy bien. Aún por la negativa, cuando vos ves que un escritor se va de lo que a lo mejor el fotógrafo pretende, que hable de sus fotos y que diga que maravillosas que son sus fotos y el escritor habla de cualquier cosa, porque al ver esas fotos le despertó, le tocó otras cuerdas, de su sensibilidad y es interesante. Hay un libro, una fotógrafa mejicana que es Graciela Iturbide con un brasilero que es Sebastiao Salgado, que el que escribe es un escritor francés y no tiene nada que ver, ni los fotógrafos ni la literatura pero sin embargo se ensamblan perfectamente, para mí es un libro que es una obra de arte.