Por Camila Bettanin. Fotografías por Kaloian

Hebe de Bonafini es presidenta de Madres de Plaza de Mayo. Hoy tiene 90 años y una vitalidad admirable. Se constituyeron como actor político a nivel nacional e internacional en plena dictadura. Irrumpieron en un escenario político que no las tenía en sus planes. Salieron a la calle, enfrentaron el miedo y el dolor, nacieron a partir de lo que el enemigo les hizo. Se apropiaron del espacio público. No pudieron con ellas. Madres de jóvenes revolucionarios, mujeres movidas por la búsqueda de sus hijos desaparecidos, llegaron a todo el mundo marchando cada jueves en la Plaza de Mayo. Burlaron una y otra vez el silencio que querían imponer en el país. “¿Dónde están?”. “Que aparezcan con vida”. Ellas mismas se hicieron revolucionarias. Hebe de Bonafini representa esa lucha colectiva que se mueve y crece en cada escenario político y que es un ejemplo de capacidad política, de madre, de mujer, de organización para las generaciones que vienen después.

– ¿Cómo es el rol de Madre?

– La mayoría no sabe que las madres vivimos juntas durante todo el día. Desayunamos, almorzamos y tomamos el mate a la tarde, cosa que no pasa con ninguna organización. Casi como que seguimos siendo las Madres adentro de la casa, discutimos, nos peleamos, los martes siempre tuvimos reunión de comisión, los jueves es la plaza, además de la voluntad y la decisión de crecer. Permanentemente cambia el rol de las madres. Al principio fue ninguneado, difamado, nos han puesto presas muchas veces, sin que nadie dijera nada. El primer rol de las madres fue buscar a los hijos desesperadamente, solas, cada una a su propio hijo. Cuando nos empezamos a encontrar en los diferentes lugares, íbamos mucho a la Capilla de la Marina de Stella Maris porque ahí estaba el Monseñor Graselli que tenía un fichero de tus hijos, sabía todo, sabía con quién se lo habían llevado, y te decía cosas, a veces eran verdades, a veces eran disparates, pero era muy sádico el tipo.  Primero nos atendían, después nos empezaron a revisar. Un día fuimos y nos hicieron sacar los zapatos, y ahí Azucena dijo “¡Basta! No vengamos más acá, estos son unos hijos de puta, son igual que los milicos, llevemos una carta a Videla”; y ahí nació la ida a la plaza. Casi el nacimiento, el parto, fue ahí, en ese lugar tan siniestro, a partir de lo que ellos nos hacían, y ahí comenzó el rol colectivo. Y fuimos a la Plaza y a firmar esa carta que había hecho Azucena que era una de las madres que más sabía junto con Mari y con Ester, por tener muchos familiares presos y por haber sido delegada sindical. Había que buscar madres que firmen y que vengan a la plaza a firmar, y como nos pareció que 14 firmas o 15 o 20 eran pocas, empezamos a buscar más, y unas buscaban en un lugar y otras buscábamos en otro, y así se fue dando que la carta tenía una gran cantidad de firmas. Ya era una convocatoria a la plaza. No la entregamos muy rápido, pero sacamos un libro ahora y es la época de las madres esperanzadas, de las madres que creíamos que los íbamos a encontrar, que cuando alguien te decía “yo hace 3 meses que no veo a mi hija”, “¿¿3 meses?? ¡me mato!”, decíamos”, pero no te matás nada. Entonces pasamos por muchos estados, por muchas violencias, la violencia de los jueces, la violencia de los curas, algunos te decían “recen y quédense en su casa”, otros eran piolas, curas del tercer mundo que te decían “está bien, madres, lo que hacen”, así que el rol de las madres se fue cambiando.  

– ¿Cómo fue la socialización de la maternidad?

– Tardamos un tiempo. Nosotras habíamos visto que todos los organismos que existían, la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, que era la más vieja, el Movimiento Ecuménico, los Familiares, todos eran organizaciones de escritorio. Vos ibas, te atendían de un lado, del otro, te escribían, pero no había ninguna discusión, ellos discutirían adentro, pero con la que íbamos te volvías a tu casa. Entonces decidimos que las madres teníamos que seguir en la plaza, que la plaza era un lugar donde nos iban a ver. Inventamos mil cosas para hacernos visibles, la más fuerte fue la plaza que, a pesar de llevarnos presas y todo lo que nos pasaba, insistimos, por lo menos, aunque sea porque nos llevaban presas, salíamos en Crónica: “Un grupo de mujeres violentas”, siempre con esos títulos Crónica. Al pasar del tiempo empezamos a recibir denuncias, habeas corpus, llevarlos de un lado al otro, “¿dónde fuiste?”, nos pasábamos los datos en la plaza porque no teníamos lugar dónde hacerlo. A veces nos juntábamos en una iglesia; a veces, los curas nos apagaban la luz, íbamos a algún lugar abierto, donde hay árboles y poníamos una señal donde había una madre con una flechita para que el otro fuera y cada uno íbamos firmando separado, por si nos llevaban a alguna que no perdiéramos todas las firmas. Tenemos un laburo muy loco, todo en la calle, calle, calle, calle. Al estar haciendo eso, hablando con Azucena, ya empezamos a ver que había chicos que no estaban denunciados, y un día decidimos hacer un habeas corpus por 150 pibes, los que estaban con nosotros y algunos que no. El Juez no lo quería agarrar. Después se la llevan a Azucena, a María Ester, fue un golpe terrible y volvimos para atrás, porque ya las madres no venían más a la plaza, no teníamos a dónde juntarnos, entonces decidimos tres madres volver a ir casa por casa, madre por madre, citarla, que venga a la plaza, que ahora teníamos las madres y los hijos desaparecidos, que no las podíamos abandonar, y ahí empezamos a ver que la lucha individual no servía, que la lucha individual es eso, cuando la madre no tiene más ganas, no tiene más ganas, pero que había que concentrar en otros compromisos y muchas empezamos a ver la socialización de la maternidad, no con esa palabra, sino que debíamos pedir por todos. Yo me decía cómo puede ser que los dos pibes que vivían prácticamente en mi casa, que militaban con mi hijo menor, no estén pedidos por la familia, uno de cada familia, no los pedían, no había habeas corpus, no había nada. Un día nos enteramos que un matrimonio judío que había vivido todo el holocausto, que había estado en Auschwitz, que se había salvado de allá, viene acá, les llevan a los dos hijos y a ellos los empiezan a perseguir. Entonces resuelven irse a Israel en barco, y se muere el señor en el barco, y cuando llega la mamá a Israel se muere ella, y entonces, y ahora, a esos dos hijos con esos padres con ese sacrificio, ¿quién los va a pedir? Y ahí ya el planteo se hizo más fuerte. Decidimos empezar a pedir por todos. La otra cosa que pasó era que queríamos que nuestros hijos nos vieran, entonces decidimos salir con las fotos de los hijos a la calle con el nombre de cada hijo, fue un golpe tremendo para la sociedad que apareciéramos las madres con esos cartelones. Pero eso era individual, cada una con su foto, cada una con su nombre: ¿y los que no estaban, y los que no los pedía nadie? Entonces un día decidimos sacarle los nombres, que todos representen a todos, no importa quiénes sean, todos querían lo mismo, peleaban por lo mismo, estaban juntos. Eso lo había demostrado Trelew, que se juntaron los tres grupos, que parecía que no tenían nada que ver, y cuánto que ver tenían. Entonces decidimos que las fotos no iban a tener nombre. Se armó un gran problema con H.I.J.O.S, vino un día un chico, cuando nosotros habíamos decidido sacarle el nombre, hicimos una cantidad enorme de fotos, hicimos que la sociedad, todavía estábamos en la otra casa, viniera a ponerle algo abajo, sin saber quién era. Qué pensaba del desaparecido o la desaparecida, la piba, el pibe, más chiquito, o más grande. Viene uno de los pibes de HIJOS y dice: “¿quién sos vos para sacarle el nombre a mi viejo?”. Estaba muy enojado, pero por esas cosas de los milagros que me pasan a mí, yo estoy llena de milagros, la chica que estaba escribiendo sacó una foto, era del padre del chico que estaba ahí, vos mirá, y pone una cosa maravillosa, casi poética, y el pibe se puso a llorar como un loco, eso le demostró que no precisás saber quién es, sino quiénes son y así nació la socialización. Entonces ahí le empezamos a poner el nombre, la socialización de la maternidad, que fue otro paso, porque no todas las madres lo pudieron hacer al mismo tiempo, todo esto lleva todo un trabajo interior, de una creencia, tenés que creer que no van a morir nunca para nosotros, que son como los seres anónimos o los patriotas, ¿no? ¿Quién piensa que San Martín son huesos? Uno piensa lo que hizo, nosotras también tenemos que pensar eso. Todo eso fue dando pie a que las madres fueran poco a poco tomando conciencia de que había que hablar de todos. Porque ¿qué pasa? En la plaza, o también en los viajes por Europa, si vos llorás un rato y mostrás la foto de tu hijo, te hacen unos reportajes bárbaros, pero si vos planteás políticamente es más complicado, pero había que pelearles esa parte, era una parte importante para nosotras.

 – ¿Qué crees que le da la calle a la política? Pensando que Madres se constituye en la calle.

– Es donde se aprende todo. La Universidad es indispensable para aprender la sabiduría de los libros, pero lo que te da la calle no te lo da la universidad, los pueblos no se liberan con los libros, sí parte de la liberación es con la inteligencia, pero si tuvieras esto solo no te liberás. Con la calle solo y un fusil, te liberás. Ahora hay que tratar de liberarse con la calle y los libros, porque ya muertos pusimos muchos

– ¿Cómo caracterizarías a estos hijos revolucionarios?

– Mi hijo menor estaba en la lucha armada, mi hijo mayor estaba en el mismo partido, en la misma organización revolucionaria, tenía otras funciones, él se dedicaba a los presos políticos y trabajaba con la iglesia del tercer mundo, y mi nuera también trabajaba con ellos en el mismo partido. Estaban muy preparados, los chicos ya a los quince años, lo que eran los secundarios, eran maravillosos, les daban una oportunidad. Hasta el teatro que hacían era revolucionario, no hacían una obra de teatro que no tuviera que ver con algo de la revolución; lo que cantaban era revolucionario, los libros que leían, y estaban preparados también humanamente. Si vos leés la carta que hace Walsh a los amigos, la valentía de su hija, muchos de los nuestros fueron muy valientes. Fijate Labolita, que vivía con Néstor Kirchner, lo secuestran y Néstor sigue viviendo en la casa. No viene, pero no sabe que está secuestrado, Néstor se queda dos días más hasta que le avisan que está secuestrado, pero como el pibe no habló, no supieron dónde vivía, entonces esa valentía, esa fuerza, esa seriedad, esa lealtad, esa solidaridad, la tenían encarnada, la solidaridad te la enseñaban todos los días. Con mi marido trabajábamos mucho con ellos, todos los días mi casa siempre estaba llena de gente a cualquier hora. Un día mi hijo viene y me dice: “mataron a nuestro compañero”, el pibe se había ido cuando tenía diecisiete años al monte tucumano y sin permiso de los padres, por supuesto, y lo habían matado, pero a todos los pibes que eran amigos había que cambiarlos de casa, entonces viene mi hijo y me dice: “mamá, ¿qué me podés dar de la casa? Porque hay que armar casa”. “No sé”, le digo, “mirá, en el fondo hay un montón de cosas, andá a buscarlas”. “No, mamá, eso hacen los ricos, dar lo que te sobra, no, algo que a vos te cueste darme”. “Llevate lo que a vos te parezca”, le dije. Se llevó el colchón, la sábana, la frazada, todo, y cuando vino mi marido dice “¿qué pasó?”. “Y, que te explique tu hijo”, y mi hijo le explicó sencillamente: “Los pibes no tienen plata para comprar y vos trabajas en YPF, sacás un crédito y te dan todo de vuelta, y más que lo que tenés”. Todas esas cosas te marcan para toda la vida después. Era verdad, lo tenían adentro, estaba en su cuerpo, en su cabeza, por eso a mí me desespera tanto la falta de solidaridad y de lealtad en este momento, que son tan indispensables para hacer política. El tema de Abuelas ha sido muy trágico, porque la parte que le tocó a Chicha Mariani, que era una mujer extraordinaria, hizo maravillas, el respeto con el que trató todo esto, el libro de Chicha Mariani tendría que reeditarse, ¿no lo leíste? (Se refiere a Chicha, La fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo)
– No.
– El abogado de Chicha Mariani era Alejo Ramos Padilla ¿te suena? Lo que dice Chicha ahí es tal cual lo que es y también es parte de lo que hay que entender. ¿Por qué nosotros no queremos el Nunca más? Porque el Nunca más que se hizo en la época de Alfonsín es la teoría de los dos demonios que dice que acá hubo una guerra. Cuando vinieron Néstor y Cristina le cambiaron el texto y dijeron que fue genocidio. Cuando vinieron estos se lo sacaron. Entonces, cuando hablamos de Nunca más, hablamos de una guerra, hay que tener mucho cuidado con las expresiones, no son cualquier cosa, las palabras son fundamentales en lo que hablás, las palabras tienen muchísima importancia y uno tiene que darle ese valor para que la gente no se confunda. ¿Qué pasa con los antropólogos norteamericanos, por qué no los queremos? Ni a los norteamericanos ni a los de acá, porque en la época de Alfonsín, que todavía las cosas estaban como estaban, trajeron los antropólogos norteamericanos con un proyecto de una fortuna de $800.000 dólares. Las Madres fuimos a la reunión, hicimos un lío bárbaro, y nos empezaban a dar los muertos, porque es la idea del capitalismo, la lucha individual, por eso a las madres nos pegan, porque hacemos una lucha colectiva. La lucha individual, un muerto a cada una, una reparación económica que tampoco la cobramos las madres, $250.000 dólares por cada desaparecido que reconocés que está muerto, más una pensión que tampoco cobramos, que no queremos, todo eso nos pone en un lugar absolutamente diferente. Lo que hay que explicar permanente es por qué no. En este momento los antropólogos recibieron un presupuesto de $600.000 dólares que comparten con la Universidad que arregló para que, Fundadoras y todo, hablen de que hay que dar la gotita de sangre para encontrar los muertos y los antropólogos están recorriendo el país escavando tumbas NN, cuando los chicos no comen, no hay escuelas, no hay presupuesto para los médicos, no hay vacunas. Vos fijate cómo necesitan eso, porque si a las madres les das un muerto, no vienen más. ¿A qué van a venir si ya les dieron el muerto? Le ponen un plaquita de adorno o una baldosa que todo el mundo pisa y mea, que tampoco estoy de acuerdo con las baldosas, no dice quién es esa persona, por qué está el nombre. Cuando pasen los años, van a preguntar quiénes son, nadie sabe. Entonces las madres somos muy analistas de todo lo que pasa, hay que saber cómo son las cosas, por qué, por dónde vamos.

– ¿Cómo fue tu propia formación política?

– La calle, los viajes, la gente, los libros… Yo había leído algunas cosas que me traían mis hijos, pero a mí me costaba mucho entender, porque mis hijos me empezaron a traer libros de mucho nivel y si vos no leés otra cosa antes… Mi hijo mayor me regaló Bomarzo, nunca la pude terminar de leer, la tengo guardada como un tesoro. Y mi hijo menor me regaló La espada encendida de Neruda, y me explicaba que este señor escribía una cosa, pero que había que comprender otra y yo decía “¿por qué no me dice lo que quiere decir?”. Así fui aprendiendo, ahora me regalaron la colección completa de los libros de Galeano, estoy leyendo como tres o cuatro a la vez. Estoy leyendo el libro de la biografía del Indio Solari, el libro de Cristina lo empecé a leer, me lo sacó mi hija, ahora le dije que el fin de semana me lo dé porque tengo que leerlo, leo un montón de cosas. Me gusta mucho leer, mucho, mucho, mucho, es lo que también te forma, ¿viste? Después, escuchar y ver desde los hijos míos la formación tan floja de los políticos, ¿no? Tan midiendo no quedar mal con este, parece que tenemos que ser todos buenos, que no se ofenda tal. No es así, en política hay que decir la verdad, las cosas como son y hay mucho silencio. El silencio no es salud, al contrario.

– Como referente política, ¿qué claves podrías compartir de construcción para el futuro?

– Yo creo que no hay que esperar a que te digan lo que hay que hacer, eso también lo aprendí de mis hijos. Tratar de que se formen comunidades de gente, que sea solidaria. Yo estoy con Mateando todos los lunes, que es un éxito impresionante, viene muchísima gente, y lo hago con el sentido de juntar cosas para los chicos. Si pensás en la madre que no tiene nada, en el barrio, y es capaz de cocinar para tantos pibes, ella socializó la maternidad también, sin darse cuenta. Tenemos que aprender de eso. Todos los lunes pido algo diferente, este lunes que pasó pedí que se comprara porque los chicos no comen nada, les gustan los panchitos con locura, 1000 panchitos, con buena salchicha, con buen pan. Entonces este lunes que pasó, toda la gente que vino, entre todos compraron 1000 panchos y los mandé a la villa La fe, que son como tres villas, son 600 pibes. Los huevos no se pueden comprar, vale $100 la docena, entonces los chicos no comen proteínas, como no podían comer pan. Pensar que yo le hablé de eso al Papa, íbamos a llegar a no poder darle pan a los chicos, y es verdad, entonces pido harina. Ese día tienen que traer harina, traen 4 kilos de harina cada uno y junto 200 kg de harina en una tarde. Las mamás con eso hacen tortillitas y los chicos comen, entonces los días que no comen comida, comen tortillitas y mate cocido con leche. Hice algo que mis hijos no hubieran aprobado, pedirle leche al de la Serenísima, porque mis hijos decían que a ellos no había que pedirles, pero entre que mis hijos me lo renieguen y que los chicos tomen leche, elegí que los chicos tomen leche. Le hice una carta, y le puse que sabía que era un granito de arena en un desierto, pero que estaba convencida de que él me iba a escuchar, porque las pirámides de Egipto están hechas de granitos de arena. Le pedí 500 litros de leche por mes y me la manda todos los meses y yo la reparto.

– ¿Cómo caracterizarías este momento político?
– Ya hemos pasado, lo único que no tan rápido, a otros les llevó más tiempo hacerlo, a este no. Este lo hizo. Es un momento muy difícil, pero no hay que esperar a que te digan lo que hay que hacer.

(Suena el teléfono)
– Mi hija, pobre, que me persigue por todos lados a ver dónde estoy, nunca me encuentra, pero yo le dije “¿no estás contenta que tenés una madre que tiene 90 años que anda recorriendo por todos lados? ¿Para qué me querés sentada en una silla haciendo dulce? No le sirvo a nadie.

(Retomamos)
– Hay que hacer cosas, nadie te prohíbe hacer, armar comunidades que no hay, ser solidarios. Por ejemplo, con una fábrica que cerró, ¿dónde están los compañeros de esa fábrica? ¿Qué necesitan? No tenemos que ir a militar en un lugar cerrado a discutir pelotudeces 20 horas.

– ¿Y a Evita, cómo pensarla?

– Eva Perón fue una mujer única, una mujer muy entregada, yo hablo mucho de ella, tengo muchas cosas de ella, que me regalaron. Tengo su documento, tengo papeles de cuando ellos se casaron en la parroquia, el acta de su nacimiento, me la regalaron unos compañeros, me parece que es única e irrepetible, porque una mujer que se muere, que la hicieron pelota, “viva el cáncer”, “mejor que se murió” y 14 días de velatorio bajo el agua, ¡14 días!, no le pasó a nadie en el mundo, en el mundo, no acá. Ella amaba de verdad a la gente, ella amaba de verdad y era una mujer naturalmente inteligente, porque se vino a los 15 años sola, pasó el tren y lo tomó, como quien dice.

– ¿Qué deseos para el futuro?

– Y, creo que lo que deseamos todos, ¿no? Yo quiero niños felices, jóvenes con esperanzas, viejos con una buena vejez y una clase media que labure, porque hay una clase media que labura poco y tiene mucho.

K:- Hebe, esa foto, la foto con Fidel, siempre la he visto y es una foto diferente a las otras que tiene gente con Fidel.

H: – Lo que pasa es que Fidel me quería mucho y cuando vino a Mar del Plata no estaba muy bien, ya venía medio enfermo y me dice: ”¿A vos te cuidan?”, “Sí”, le digo. “Uy, a mí también, me sacaron el whisky, me dan té, me sacaron el habano, me dan un cigarrito así chiquito, no quiero fumar esa porquería, y ahora tengo frío y vos, ese vestido que tenés puesto, nunca te lo vi”. Le digo: “¡Pero, Fidel, este vestido que yo tengo es un poncho y yo a Cuba cuando voy hace un calor de 40 grados, qué voy a llevar poncho, cómo me lo vas a ver, nunca me lo viste!”. Entonces me agarra así y me besa.

K: – Muy cómplice.

H: – El primero que me mandó llamar cuando torturaron a mi hija, el primero que llamó fue él, a ver qué necesitaba, que la mandara a Cuba, y cuando asumió Néstor, a los seis, siete días me llamó, me dijo: “Hebe, tenele paciencia que ese tipo es de oro, tenele paciencia que es de oro”.

K: – Cuando ninguno de ustedes creía, él lo vio.

H: – Fidel ya lo vio.