Hay pocas historias de vida tan disruptivas como la de Nora Lagos. Para entender la magnitud de su rebeldía hay que situarse en su época, hay que trasladarse en el tiempo y pensar a la  Argentina de los años 40, 50 y 60. En ese contexto de antinomias, de obreros contra oligarcas, una nena mimada de la aristocracia decide ir en contra de todos los mandatos establecidos: deshonra a su familia; se embandera con el movimiento de los humildes; asume las riendas de un periódico conservador y de hombres; y transforma la línea editorial desde su juventud, desde su condición de mujer y desde la más profunda militancia política. 

Si su historia de película se conoce poco y nada, es lisa y llanamente porque se trata de un relato incómodo para los Lagos, la familia que fundó y comandó durante décadas La Capital; y para el propio diario, siempre del lado del poder y del status quo. Nora Lagos es la directora que el decano de la prensa argentina ignora. Es un mojón en la línea de tiempo que va desde 1867 hasta la actualidad. Es un ejemplo de rebeldía, de valentía y de que las cunas de oro pueden transformarse en biografías llenas de rupturas y resistencias. 

Nora Lagos nació el 14 de febrero de 1925 en Buenos Aires. Su padre era Carlos Lagos, director de La Capital desde 1916 hasta 1940, nieto de Ovidio, fundador y activo dirigente de la democracia progresista, partido que lideraba Lisandro de la Torre. Su madre era María Teresa Chauvin, una ciudadana francesa radicada en Argentina. Por su condición de clase, la esperaba una vida cómoda y placentera. Pero ella eligió otro rumbo. El amor tuvo mucho tuvo que ver en ese golpe de timón. En 1947, con 22 años, ya encaminada en el oficio de periodista, conoció al escritor y guionista Hugo Mac Dougall, quien la introdujo en los círculos culturales afines al peronismo.  En Capital Federal, donde ella vivía, las publicaciones “oficialistas” suman voces y recursos. Nora construyó su perfil profesional leyendo diarios como La Época, Democracia, Crítica, Noticias Gráficas y El Mundo. En paralelo a ese coqueteo con el periodismo peronista, su familia, dueña de La Capital, empezaba a temer por las acciones y el capital de la empresa. A los dueños de La Prensa les habían, para esa época, confiscado todos sus bienes, incluyendo sus cuentas bancarias.

El periodista Guillermo Lanfranco reconstruyó la asunción de Nora al directorio del diario en un artículo que Rosario 12 publicó en el año 2005. Con acuerdo de la familia —explícito o no—, Nora Lagos fue la clave para evitar el peor de los destinos para el diario y para sus dueños.

“En septiembre de 1953 los acontecimientos se precipitan. El día 5 una breve información daba cuenta en la página 4 del diario que ´El general Perón recibió ayer a la Sra. Nora Lagos y a su esposo Hugo Mac Dougall´. Durante la entrevista, que se prolongó por espacio de más de una hora, los visitantes conversaron con el primer magistrado acerca de algunos problemas vinculados al periodismo”. El 20 del mismo mes, tomaba sentido ese suelto noticioso: “Nora Lagos asume como directora de La Capital —cargo que en los hechos ya venía ejerciendo—, gracias a un fallo judicial que había desplazado del timón a sus parientes. Era la primera mujer, y hasta ahora la única, con esa responsabilidad en toda la historia del decano de la prensa argentina”, se lee en esa nota. 

En la edición del 1º de setiembre, reconstruye Lanfranco, se publica una gran foto donde Perón abraza a Nora, señal de que ella ya ejercía gran influencia sobre la línea del medio, aun antes de ser directora, y su condición de editora y de militante peronista eran la misma cosa.

En los dos años que estuvo a cargo de la dirección del matutino, Nora construyó su poder a partir de la relación con los empleados. “Estaba muy en contacto con nosotros, los otros Lagos nunca bajaban al taller, pero ella siempre lo hacía”, recordó en aquel artículo de Rosario 12 José Giorgio, quien había ingresado al diario como trabajador gráfico en 1939, a los 15 años de edad. 

Nora nombró a su pareja, a Mac Dougall, en el cargo de subdirector, quien impulsó un suplemento literario con historias del “Litoral”. 

El reinado de Nora Lagos al frente de La Capital se terminó a pocas semanas de consumarse la llamada Revolución Libertadora. Bastó un telegrama judicial de Buenos Aires para que la familia Lagos, los de piel oligarca, recuperasen la conducción del diario. Ella fue tres veces detenida y prohibida por los militares.

Sin embargo, cada vez que ganó la calle, dedicó sus horas a hacer periodismo. Primero editó por su cuenta un periódico semiclandestino llamado La Argentina (justa, libre y soberana). Luego, en Rosario, se puso al hombro la publicación Soberanía. Tras caer nuevamente detenida, huyó y se exilió en Paraguay. 

En los 60, ya de regreso, recuperó el seis por ciento de acciones del diario y se alejó de la militancia peronista. Murió el 23 de noviembre de 1975. La nota necrológica del diario destacó que Nora Lagos “estaba dotada de enérgico carácter”. Años antes, en el 67, cuando La Capital cumplió cien años, el trato hacia ella no fue tan benévolo.  Su foto fue la única que faltó de todos los directores que hasta ese entonces habían ejercido el cargo. 


La militante maldita

Facundo Carman es, tal vez, el dueño del archivo de diarios y revistas más grande del país. Nora Lagos aparece retratada en su último libro El Poder la Palabra Escrita. Revistas y Periódicos Argentinos 1955 – 1976. “Yo la defino como la militante maldita. Nunca la reconocieron. Ni su familia, que eran gorilas, y la borraron de la historia del diario, sino también por la militancia de la resistencia. Fue incómoda para todos”, explica el historiador. 

Como directora de La Capital adhirió  “sinceramente” al peronismo, a diferencia de lo que hicieron sus colegas de otros diarios, como Clarín, por ejemplo. Después de la Libertadora, agrega Carman, Nora decide “arriesgar todo”. “Es una desclasada, sale de su clase social y deja atrás a una familia de mucho poder y plata para editar periódicos clandestinos”.

Carman señala que, a diferencia de la mayoría de estas publicaciones, Soberanía “estaba muy bien hecha, con calidad y con títulos muy llamativos para la época, como los de Crónica hoy en día”. “Soberanía se repartía en todo el país. En cualquier casa de un compañero de la resistencia peronista hay un ejemplar de la revista”, afirma. 

Nora, en su condición de “maldita e ignorada”, no fue reconocida ni distinguida en ningún acto público hasta marzo del 2018, cuando el concejal rosarino Eduardo Toniolli le propuso a sus pares homenajear a una mujer que “se impuso a los prejuicios sociales, se rebeló a su clase y fue per seguida por su militancia peronista”. El nombre de Nora Lagos quedó entonces inmortalizado en una calle, en un pasaje ubicado a la altura de Corrientes 3050 —la arteria conecta con Paraguay—, entre Gaboto y Amenábar, en el sur de la ciudad de Rosario. En la inauguración de la arteria, Toniolli destacó el coraje de Nora para “ir siempre contra la corriente”. “Vivió en un entorno social acomodado y, sin embargo, optó por un camino distinto del que enmarcaba su vida. El objetivo del proyecto es dejar una huella en la cartografía de la ciudad, es decir, con nombres de mujeres que fueron trascedentes y pasaron al olvido por varias razones, en este caso, de índole política”, explicó sobre el motivo de su iniciativa. 

Del acto participó Nora Mascías, su hija, quien aprovechó el micrófono para rescatar sus ideales y su profesionalidad a la hora de ejercer su gran pasión, el periodismo: “Cuando tuvo el cargo de directora en La Capital ejerció una dirección de puertas abiertas.  Cualquiera podía entrar allí, contarle sus problemas. Era muy distinto a lo que estaban acostumbrados. Fue una verdadera cooperativa de trabajo”, sostuvo la mujer.

Cuando su madre murió, en 1975, Nora Mascías tenía 27 años y estaba embarazada de su primera hija; le faltaba menos de un mes para que naciera. “Recuerdo que hicimos un viaje a Paraguay con mi mamá, su nueva pareja y uno de mis hermanos. Fue peligroso y clandestino. Paramos en un ranchito, había poco para comer: una lata de sardinas con cebollas para cuatro personas. Ella nos convenció de que era un manjar”, rememoró. La mujer contó que durante su infancia y adolescencia “su casa era como una especie de unidad básica. Cuando mi hermana y yo empezamos a militar en los años 70, mi casa era la de todos nuestros compañeros. El que llegaba siempre hablaba con mi madre porque les contaba sobre Perón y Evita. Se hacían reuniones, se podían quedar a dormir. En vez de ir al comedor universitario, se quedaban en mi casa”, contó emocionada. Y concluyó: “Tuvo una vida corta, pero muy intensa y complicada. Ser peronista era complicado. Que una de las calles de la ciudad tenga  el nombre de ella, más allá de que sea  mi madre, es un reconocimiento hacia  las mujeres militantes, peronistas”