Por Cristina Banegas

Cuando por fin Ángela Urondo pudo traer los restos de su hermano Paco a Buenos Aires, en un acto que ella cuenta muy bien en su libro “Hermano Paco Urondo”, que se fue a Mendoza con tapados de piel y así como una gran señora, a pedir los restos de su hermano, ya casi como una de ellos y se los dieron. Entonces después vinieron aquí, al cementerio de Merlo y un grupo de amigos, poetas, editores, Juan José Mangieri, Vicente Zito Lema, yo, un par más, hicimos una especie de operativo comando, un acto delante de la tumba, y leímos poemas, yo recuerdo que leí La Pura Verdad, que es uno de los “hits” de Paco, que termina diciendo “Sin jactancias puedo decir que la vida es lo mejor que conozco”

En 1966 hicimos un viaje por España con Paco,  Zulema y Paco Fernandez de Rosa mi marido y Valentina que tenía unos 8 meses de vida, era una bebota que pesaba 2000 kg., hicimos un viaje por toda Andalucía, Paco Urondo venía de Cuba y en esa época para ir a Cuba tenías que ir por España, no había otra manera, no había vuelos directos desde la Argentina, y creo que desde ningún otro país. Entonces nos encontramos en Madrid y decidimos hacer un viaje a Andalucía en un Citroen dos caballos y  el gaditano Fernando Quiñones, maravilloso poeta y amigo y flamencólogo, un ser extraordinario, nos había hecho todo el itinerario hasta Chiclana de la frontera que es uno de los pueblos blancos de Cádiz, paramos en la casa del panadero de Chiclana, porque además Fernando Quiñones era El poeta del pueblo y se había ido a vivir a Madrid, estaba casado con una italiana y decía que sus hijos eran argentinos porque no importaba en qué país nacieran, que el hijo de un español y una italiana era argentino por definición, era muy gracioso, un encanto de persona.  Entonces nos hicieron en una bodega que todavía sigue existiendo creo, que se llamaba Las Albinas, una fiesta flamenca, con flamencos y  gitanos amigos de él, que además como era flamencólogo, estaba en el ajo de donde había que estar, con los bailadores, y los cantores y los guitarristas postas, ¿no? una noche inolvidable, terminamos borrachísimos todos, recuerdo al paco Urondo parado arriba de, casi tambaleante,  escribiendo en uno de los barriles de vino, con tiza, un poemita, que no recuerdo en este momento, pero sí recuerdo que a la mañana siguiente estábamos todos muy averiados, muy perjudicados como dicen en España, sentaditos al sol,ese sol maravilloso de Andalucía, al lado de una fuentecita de esas de hierro que son como piletones,  y nos acordábamos de unas coplas y después él las puso en uno de sus poemas, donde cuenta cosas de este viaje, y que decía “Sentadito en la escalera, esperando el porvenir, pero el porvenir no llega”. Fue una relación con Urondo muy entrañable, de maestros de vida, de mucho, mucho afecto, y de mucho amor, y a nosotros nos querían porque éramos mucho más jóvenes, más pichones, eso los debía enternecer bastante.