Alfredo Bettanin: Entre el exilio interior y el barroco.

Por Matías Senderey

La pintura se impone, obliga distancia, varias posturas del cuerpo y un esfuerzo en sostener la mirada. Muchos preferirían no ver. De arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba, en todas las direcciones posibles y necesarias, un cúmulo de acontecimientos rebalsan una construcción de la historia.

¿Una pintura podría decirlo todo? ¿Cómo contar sin palabras? Las pinceladas en muchas ocasiones logran ser más efectivas. Igualmente se invitan, se manifiestan, se disputan y las interpretaciones se imponen.

Alfredo Bettanin se refugia en un todo, imposible de ser contado.  El fresco sin bordes de San Martín, Rosas Perón pretende no dejar nada afuera. Lo consigue. El horror al vacío – máxima del barrco según Sarduy- se conjuga con lo irrepresentable: un un exilio, en el origen ya repetido como sello ineliminable.   

Las figuras como puntales de un infinito nacional que Bettanin crea, apelando siempre a la cercanía con las gentes, con el pueblo, se robustecen en una oscuridad que se indistingue con el fondo, la cola de hombres, mujeres y niños que sostienen a San Martín, Rosas y Perón. La popularidad del estar junto en lo terreno parece erigirse como una navegación de ese pueblo que muta y se repite, que se identifica. Ahí es donde destacamos ese gesto de ver a Juan Manuel de Rosas junto a Pnghitruz Güor. Un gesto que muestra esa relación compleja que Rosas tuvo con los indígenas de querer integrarlos en su simplicidad rigurosa.

Las inflexiones que Bettanin propone hacen su perspectiva descarnada que antecederá a Daniel Santoro, porque los acontecimientos que proliferan tanto como los retratos no cuentan La verdad de la historia ni la de su autor, esos acontecimientos singulares  que  son  puntos de vistas,  posibilitan el pueblo. El cuadro cambia de estatuto, las cosas surgen del plano de fondo, los colores brotan del fondo común que manifiesta su naturaleza oscura, las figuras se definen por su recubrimiento más que por su contorno. La sublevación de los colores de la tierra es el continuo que genera una luz que mana como por una grieta en medio de la oscuridad terrenal. Bettanin ubica esa luz ahí, en el pueblo junto a Perón, en una “muchacha peronista” que esta junto a él dándole su luz que le alumbra. Aquí podríamos decir que si Deleuze apostó a la inversión del platonismo para pensar la filosofía, el peronismo barroco de Bettanin se presenta como una inversión del iluminsimo. Una ilustración desde el fondo donde los iluminados no se iluminan por motus propia como los que tienen un farol en la cabeza sino porque la claridad proviene de lo oscuro, punza con su fuerza, se hace faro desde el pie en la tiniebla que azota desde los altos. Ya no se trata de alumbrar los caminos recorridos sino de permitirse inventarlos aunque no haya traza, arriesgar una tercera posición.

Los andamios de no renunciar a la obra se llevan el centro del cuadro de Bettanin, unos andamios que nos  interpelan a lo que sería  hacer con lo inconcluso y lo devastado. ¿Siempre hay tiempo para algo más? Bettanin nos da la clave del barroco, el barroco que es un exilio interior, una condena a los ostracismos de lo que lleve su calificativo. Ahora bien, el barroco de Bettanin como exilio interior es soportar es entreguismo de soberanía e identidad. Hacer frente con el pueblo como Rosas en la batalla de la Vuelta de Obligado y no quedar en soledad como la pachamama que perdió sus hijos y se la ve retratada al desnudo en un hiato terrenal.

El exilio interior no desconoce uno exterior como el que vivieron San Martín, Rosas en la pobreza extrema o Varela en Chile o Perón en Madrid, sino que por el contrario se retroalimenta de esa práctica política siempre como posibilidad de sacar de los márgenes lo indeseable para el orden. La diferencia entre un exilio interior y otro exterior es que éste se presenta como alternativa de seguir viviendo a costa del destierro. La posibilidad de la vuelta siempre latente lo condiciona a veces hasta el abismo y la locura. En cambio el exilio interior es la imposibilidad de distinguir entre el afuera y el adentro, la imposibilidad de partir, el exilio interior es exasperante, brutal y silencioso. Aquí es donde podemos ubicar a  Bettanin en el cuadro, encarcelado en su propia obra, desgarrado por el imperialismo y los militares.

No hay cuestión perdida a recuperar, no hay carencia que llenar. Un exilio interior es ver como el mundo se aleja y uno se queda quieto,  como si nuestro mundo se quedaría sin tiempo:

La clave de la maravilla: Llamar a los niños, a su potencia transformadora de lo ya existente en lo nuevo, otro repliegue hacia el infinito. Los niños aparecen como aquellos que se apropian del mundo jugando, hacedores de una nueva ley. Esos son los instantes que Lucio V. Mansilla recuerda de su tío, no tanto en  compenetrarse con él,  que es un niño sino en el capricho de su tío de tratar de estar a su altura, de convertirse en un niño y jugar a la par.

Bettanin al hacer proliferar los niños en el cuadro parece seguir a Evita cuando decía que “el país que olvida al niño y que no busca solucionar sus necesidades, lo que hace es renunciar al porvenir”. Contrarrestar el más temido peligro: el olvido del futuro. Por lo que fuimos, luchar por lo que seremos, fuera de todo cálculo.

 El niño aparece con lo más monstruoso de la inocencia, una facilidad para redisponer las fichas del juego, desautorizar el orden recomponiéndolo. Un sinuoso borde donde lo creador y lo establecido conviven es el lugar para el mundo del niño como del barroco de Bettanin.

El barroco de Bettanin se desplaza hacia el infinito como un modo de enfrentar los avatares del exilio interior, generar una super-vivencia y un mundo de lo que siempre ha sido y será signo de opresión. Un lenguaje de pinceladas, que traspasa el cuadro, que salpican  lo innombrable afirmando la crudeza y lo vivo de la existencia.