Fue parte fundamental del origen del movimiento tropical en Santa Fe. La pobreza lo llevó al encierro, en donde nació su amor por el escenario y la música, tratando de zafar del infierno penitenciario. Fundó la banda de cumbia más famosa y legendaria del país, Los Palmeras; pero su música, al igual que su vida, fueron atravesadas por la tragedia. Hoy, el mito “Yuli y los girasoles” sigue emocionando con sus finas, pero sombrías letras de amor, traición, venganza y condena.

La música se hace carne en Santa Fe, marca indeleble de una identidad forjada al mejor estilo arrabal, con lágrimas y amor en sus letras y alegría en sus melodías. Con guitarra o acordeón a la cabeza, y una percusión feroz, la cumbia santafesina recorre el mundo demostrando ser un género musical de mucho fuste.

Los años ’70 fueron esenciales para comenzar una historia musical que marcaría la impronta de una ciudad, forjándose a puro ritmo. Grupos como Los Palmeras, Los Cumbiambas, Los del Bohío o Grupo Alegría fueron los pioneros de este vasto bagaje cultural, en donde también estaba Yuli junto a sus Girasoles.

Cezlav Popowicz, “Yuli”, nació el 16 de enero de 1946 en Bari, Italia, en un campo de refugiados, al que su familia llegó escapando de Polonia. Luego de la Segunda Guerra Mundial, un buque carguero fue el transporte que los depositó en estas costas, venían de trabajar la tierra, con una mano atrás y otra adelante. Él, junto a sus padres y sus cuatro hermanos, llegó a la ciudad de Santa Fe, “y fuimos a parar a la calle, mucha pobreza”. El gobierno de entonces decidió enviarlo, separándolo de sus hermanos y hermanas, a un asilo.

Yuli a sus 5 años vive su segundo desarraigo: primero su tierra natal, ahora de sus padres. En esos años, su papá fallece en la cárcel y su mamá queda sola, separado de sus hermanos desparramados por diferentes instituciones, Yuli forja su identidad, dolorosa experiencia que sabrá narrar en sus letras.


UNA DE DESENCIHTROS

Yuli nos recibió en el emblemático bar El Parque, reacio a las notas periodísticas se presenta: “Soy muy impenetrable, pero no es que no quiera ser amable, soy un antisociable de aquellos. No me gusta hacer radio, no me gusta hacer tele, le esquivo a todo el franeleo, porque quiero ser un antisociable”. Entre la nostalgia de su historia y su embestidura de artista, Yuli nos deja en claro que está arriba del escenario, que nunca se baja, es un laburo sin tiempo libre.

“Cuando llegamos acá, la miseria uno la tenía puesta sí o sí. Mis viejos no se supieron desenvolver, eran analfabetos, yo tenía 5 años, hayuna canción que refleja mi historia: Asilo de Menores. Hablaba polaco, me fue muy difícil de niño, poco castellano y las cargadas de los pibes, que eran para hacer un postre, ni la profesora podía decir mi apellido Po Po”. ¿Te podés imaginar? la risa de los chicos era hiriente. Yuli era el menor de 5 hermanos, la separación de ellos fue una experiencia dolorosa: “Mis dos hermanas estaban en el Hogar del Sagrado Corazón, un convento de monjas. Mis otros hermanos, a uno lo dieron en adopción a una familia y el otro se quedó conmigo, pero fue también derivado, por comportamiento y otras cosas. Lo fueron derivando tanto que terminó en Coronda”, recuerda.

¡Recién a los 20 años salió del asilo! con un laburo en negro —por ser extranjero- de cadete en un laboratorio estatal y la familia en puerta. “Así comencé con la cumbia, pero yo nunca pensé en mi vida que la gente me iba a prestar atención, porque no encontraba nunca un gringo que cante cumbia” relata Yuli. “Me costó muchísimo, tuve que esperar a los 26 años para que Perón liberara a los extranjeros que estaban viviendo en Argentina, recién ahí me hice argentino, seguía laburando en negro, gringo como era, iba a poner el lomo y listo”.

SU VIDA

“Empecé más o menos allá por el 67, con 20 años. Comencé de casualidad, por una situación de necesidad. Pero a medida que pasaban los años, con diferentes experiencias, fui adquiriendo cierto respeto por la cumbia. Yo venía de hacer concursos de cantante, a los que iba para que me den un sándwich, iporque claro! la miseria que uno tenía aquel tiempo. Después formé mi primer grupo, Santa Cecilia Tropical”. Tocaban en cantinas, bailes populares y cumpleaños. Más adelante llegarían los clubes, pero de la mano del grupo “Los Cumbiambas”: “ahí empecé a ver otra clase de gente, otros boliches, otras bailantas, donde ya empezaba a viajar a las provincias aledañas, entonces vas adquiriendo experiencias, en el sentido que te ibas codeando; si había que hacer chámame, hacíamos chámame, había que hacer tarantela, hacíamos tarantela, nos íbamos nutriendo con música en general”, estuvo en esta formación por tres años para pasar, en 1972, al “Sexteto Palmeras”, lo que posteriormente sería “Los Palmeras”.

“Ahí empieza mi otra lucha, salir del rancho donde yo vivía. Con Los Palmeras empecé a comprar mis primeros ladrillos. Hacíamos “Yuli y Los Palmeras” pero no pasó por el hecho de la envidia de los músicos, no querían que vos despegues y que los demás estén escondiditos, no. Entonces Marcos Camino propuso Los Palmeras y tuvimos la suerte honestamente de pegar el salto, no sabés cómo laburábamos, de Lunes a Lunes”.

En 1975 viajan a Buenos Aires a grabar el primer LP, el primer disco de la cumbia santafesina, se llamó “Los Palmeras”: “yo no pensé nunca que iba a funcionar ese disco, porque era un desastre, si vos lo escuchas ahora me lo rompes en la cabeza. Pero era un sueño, éramos chicos de Santa Fe, que era un pueblo en ese entonces, entonces uno sacaba pecho y ya lo miraban de otra forma”, recuerda. “Y vos sabés que en el barrio hay una vecinal, pegada a Barranquitas, de ahí de Villa del Parque y ponían el LP con la voz de Yuli iay, me daba tal verguenza! En el año 1976 se graba el segundo disco que llevó como nombre “Te regalaré mi vida”. Luego de algunos años decide abandonar el grupo y dar paso a un nuevo proyecto. Su voz pasó a ser un ícono que identificaba la música santafesina. Nace en 1978 “Yuli y Los Girasoles”.

— ¿Cómo nace el nombre Yuli y Los Girasoles?

Yendo al interior, en unos de los viajes, estábamos buscando nombre porque en aquellos tiempos se hablaba de Sandro, de Beto Orlando. Fuimos tocar a Vera y yendo nos encontramos que había una plantación de girasoles.

-Hay un video del cantante de Los Palmeras que cuenta que cuando apenas entró la gente le tiraba de todo, y él en su casa pensaba “Quiero cantar como Yuli”

En aquel tiempo yo hacía un tema que todavía lo sigo haciendo, que es “Pregunto a mis amigos”, Camino le pedía que cantara ese tema, y la gente no se lo aceptaba. No es que lo cantaba mal El Cabezón, sino porque la gente ya lo tenía a dentro al Gringo. Toda la gente que yo tenía en Palmeras se fue con Yuli, así que a mí el traspaso no me costó. Además no perdí tiempo, pasé de un estilo al otro, de la canoa al río. Dimos un vuelco total en el sentido que mi cumbia no era la cumbia del acordeón. Santa Fe está muy acostumbrada al acordeón y yo pasé a la guitarra y la gente no bailaba, se quedaba mirando.

— ¿Cómo te llevás con las letras de las canciones?

Hoy en día está el músico que se cree ganador, y como es ganador es guampudo y entonces se hace la víctima y escribe: “Me engañaste, me mentiste” y toda esa pavada. Si vos escuchás la letra de la mayoría, no hablan a favor de la piba, al contrario, la escrachan.  Yo hago temas testimoniales, un ejemplo es “La memoria triste de mi madre”, la vivencia con mi vieja. Primero la gente se paró a escuchar, y segundo algunos lloraban, y ahí empezó a marcar un antes y un después, a salir más o menos de los temas romanticones de aquellos tiempos, para empezar a incursionar en los temas duros, en los temas testimoniales, y poquito a poquito, sin darme cuenta, empecé a escribir sobre mi propia vida. Eran temas clásicos de aquellos tiempos y la gente te los sigue pidiendo. Yo había incursionado con un teclado, con acordeón. Subía al escenario y venían y te decían: “Cantate El preso número 9″‘, ese lo grabé en el ’83 y es uno de los temas que fueron pasando de generación en generación. La gente es así: si no hago “el preso número 9”, no soy Yuli.

— ¿Y dentro de qué estilo de cumbia enmarcás tu obra?

— Santa Fe tiene cómo 8 0 9 estilos de cumbia, que no los tiene ni Rosario, ni Paraná por nombrar un círculo de zona. Yuli es un estilo, “Los del Bohío” otro, “Los Palmeras” es otro estilo, “Alegría” otro, “Coty” otro; y así te puedo hacer una lista chorizo de estilos. Acá la gente tiene buena oreja, es muy intuitiva, no se cierra a un acordeón o una viola. Tenés la suerte de tener a Leo Mattioli con la cumbia romántica, o “Los Palmeras” con acordeón; escuchás una guitarra al estilo de “Los del Bohío”; todo eso hace que el músico santafesino se quede sin respuesta a esa pregunta.

— ¿Y le han ofrecido la posibilidad de ir a tocar en algún momento a la cárcel?

Si, he ido, pero no quise ir más, la última vez que fui, fue a la cárcel de Coronda, hace como 10 o 15 años. No voy porque me hace mal, hoy mis canciones me castigan a mí, porque yo lo veo al público, cuando hago el tema de la madre y se ponen a llorar y uno la tiene a la madre como un referente de decir: “le hago un homenaje a mi vieja”. Te termina matando porque me contagia su llanto que me llega al alma, soy una persona que cuando canto un tema lo siento en lo profundo. La cárcel me gratificó por un lado, y me hizo mal por otro.

— ¿Qué le ha dejado la música como experiencia?

— Me curtió. Yo la peleé mucho. En el ’90 privatizaron el laboratorio, “Gringo: afuera”. Pero con Yuli nos iba bien, llevaba el mango, edificaba. En el 2004 después de la inundación y de la operación del corazón, creí que no la contaba más. 3 metros de agua, perdí todo. Es una zona muy baja, a la que en aquel tiempo le fuimos ganando espacio. Yo era empleado público, me había casado, y la música también fue paralelo, peleaba en los 3 frentes. Eso, en vez de salir un atorrante, porque el barrio marginado te puede llevar a eso ¿viste?. Nada es imposible.

Yuli lleva 70 años y una vida signada por las marcas de una niñez difícil, pobre y violenta. La música lo cobijó, primero como un medio para ganarse el pan, segundo como una vía de escape a tanta angustia. Sus letras son el testimonio de aquel pibe que tuvo que enfrentar la vida para poder sobrevivir, rescatando el testimonio como bandera creativa para encontrar en su propia cruz esas letras que la cumbia haría sonar. Una voz tan rara como exquisita, que supo dejar una huella en los cantantes contemporáneos.

Hoy tiene 4 hijos, 9 nietos y algunos bisnietos. El escenario es su lugar, desde allí conmueve con su historia, sus vivencias y sus sentimientos, sin haber renegado nunca de su identidad, sin haber traicionado su propia música.